
Lo que ha pasado.
Gorka y Ramón han quedado en una tasca. Ramón entra cabizbajo y alicaído.
Gorka: Qué cojones te pasa.
Ramón: Me ahogan las deudas, tío, y vienen a por mí.
Gorka: No te preocupes, que para eso somos amiguetes de toda la vida. ¿Cuánto necesitas?
Ramón: Calculo que medio millón de euros para ir tirando.
Gorka: Ostias. Vale, eso lo arreglo yo. Cuenta con un millón de euros. Y si son necesarios dos millones, yo los pongo (cuando dice esto sube el tono de voz para que todos en el bar le oigan)
Ramón: Gracias, te lo agradezco. Eres un tío grande.
Gorka: Eso sí, estoy dispuesto a darte el dinero si tú aceptas apretarte el cinturón para que no necesites mi dinero. Te aconsejo que dejes de tomar cafés, vendas el cochazo y el chalet de la playa, te prives de viajecitos de placer, cuando haga frío te pones un jersey en vez de encender la calefacción y si hace calor tomas una ducha de agua fría pero no enciendas el aire acondicionado. Ah, y se acabaron los cenorrios con los amigos y la ropa de marca. Si sigues mis instrucciones, seguro que haces frente a tus deudas.
Ramón: Sí, claro, ya lo había pensado.
En realidad a Gorka no se le ha pasado por la cabeza ingresar en la cuenta corriente de Ramón ese millón de euros prometidos. Considera que con el discurso ha cumplido. Si Ramón al final necesitara ese dinero, Gorka le achacaría su despilfarro y el no haber sido fiel con su plan de ajuste. Gorka no tiene un millón de euros para regalar puesto que eso le pondría a él en la bancarrota y su mujer le echaría de casa a patadas. Gorka sólo pone sobre la mesa la cifra, de forma virtual, como apoyo psicológico.
La amistad tiene un límite.