Decían de él que caminaba como si tuviera conocimiento de algo oculto, como si guardara una baza en la manga para cuando fuera necesario usarla. Eso traía recelosa a mucha gente. En realidad, era un bobo que se sabía bobo y por eso solía estar callado. El caminar lo emulaba de los protagonistas del cine negro americano de los años cuarenta. Nada más. Pero los rumores echaron a rodar cuesta abajo desde el pórtico de la Iglesia hasta las eras. Muchos se pusieron nerviosos temiendo que él destapara sus secretos, hasta que uno de los paisanos no pudo más con la tensión, y mientras el bobo paseaba por el camino que va a la ermita con las manos en los bolsillos, le arreó con una pala en la cabeza y lo remató con un horquillo como si fuera un pincho moruno. La Guardia Civil detuvo al culpable y el resto del pueblo respiró tranquilo porque el asunto quedó resuelto y los secretos a salvo.
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