Una gran empresa exige mártires que dobleguen la voluntad del poder anquilosado. El resto de la sociedad se aprovecha de esos héroes involuntarios. Los supervivientes son los que hacen el duelo. Y así se va escribiendo la historia, con altibajos y ciclos de hombres fuertes y hombres débiles. El individuo piensa en salir adelante en la jungla, y aunque no tiene garras, ruge. Piensa en la comida diaria, en el sueño caliente, en la seguridad del futuro. El mundo, que no existe sin su presencia, aparece como una hostilidad externa. Los derechos son básicos, pero si no se alcanzan, está permitida la violencia que los arranque de quien tiene las manos llenas. La suerte reparte las cartas y los hombres inventan las trampas. El hombre que tiene unas monedas ingresadas entra en el banco con miedo a que se las hayan quitado. Casi lo entendería. La vida es así. El que tiene millones entra al banco a desayunar y llevarse unas botellas de cava, cortesía del director. Y por navidades, una cesta sin rifa. El que tiene dinero ya no hace recuento, cada vez que pregunta le dicen que ha aumentado su capital. Y sonríe con tristeza porque la vida promete un final incluso a los afortunados. Un día, en la puerta, coinciden el rico y el menesteroso. Tropiezan el uno con el otro. Al rico se le cae la chaqueta, el menesteroso aprovecha para ponérsela y se atusa el pelo. Se dirige con su nuevo atuendo hacia la ventanilla con la seguridad de quien no tiene nada que perder. Las cámaras de seguridad, aturdidas, no saben distinguirlos. El rico, enajenado, carga contra él y lo desnuca. El fallecido tuvo un sepelio pagado con dinero público y el rico se pasó el resto de su vida en la cárcel preguntándose qué es eso a lo que llaman destino.


















