El primer movimiento de la venganza está al alcance de cualquiera, pero sostenerlo pujante a lo largo del tiempo es un poder restringido a los muy selectos. Mantener la herida abierta y no permitir que cicatrice exige atención y devoción. El plan de infligir un sofisticado daño no puede ser desatendido ni un instante por el pensamiento ni por el sueño. Hay que negar la posibilidad de que el corazón se enternezca por las circunstancias cambiantes, y debes cerrar la puerta al perdón que aprovecha la debilidad del carácter. El que amó y vio morir su amor no entiende de segundas oportunidades ni de tibias negociaciones por la supervivencia. La vida no necesita a nadie y arrancarle la esperanza a uno de sus caminantes fantasma no la mengua. El elegido que elige la venganza no se ve pagado cuando la tierra sepulta a su víctima. Ha de verla retorcerse de indignidad, miedo y miseria. Solo así su corazón descansa. Solo así la muerte deja de ser enemiga. El amante de la venganza llena de desgracias los alrededores de su presa hasta convertirse él mismo en su única compañía. Es entonces cuando se presenta a su nuevo amigo y le explica cómo, cuándo y dónde cometió el fatal error por el que ha de pagar un alto precio. Será entonces cuando la presa comprenderá que ése que creía su único amigo, es en realidad la mano lacerante que se lo ha arrebatado todo por nada.

















