El matón olvida que las cabezas se rompen si las estrellas contra los muros. El matón se sorprende del proceso de causa y efecto. Repite el experimento esperando que ocurra una excepción. Le tachan de psicópata porque prefiere los emparedados a la empatía, porque le gustan las fiestas de esos pueblos abocados a la sangre sin desembocadura con matanzas en la plaza pública. El matón tiene una máxima que respeta: «aprieta el gatillo o no lo aprietes, pero no dudes, porque acabarás matando a quien no quieres». Va dejando enemigos por donde pasa y cuando corre lo hace en zigzag porque no se fía de los que deja vivos por detrás. Cae tan mal que muchos policías han trasladado sus huellas a escenas de crímenes para incriminarlo. Hiere su palidez robótica. Nadie se fija en la bala alojada en su tiempo hecho glaciación. El alma, cuando se marcha de su piso sin pagar el alquiler, deja una peladura con puntos suspensivos. El matón cuando deja de matar da vueltas con las manos en los bolsillos, evita los espejos, y visita la tierra sagrada que abriga a los cuerpos inmóviles pensando en voz alta que el odio solo se atempera cuando la desgracia cae sobre el odiado.

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