sábado, 13 de junio de 2026

Escenas con escopeta recortada -15

 


En el verdadero amor algo o alguien tienen que morir, porque en el verdadero amor no hay dos. Son incontables las formas de matar y una sola la de morir. Sospecho que sospechas de mí. Me miras por encima de tus gafas cuando lees esa novela de auto indagación del miedo que se titula: "La noche que nunca llegó a oscurecer". Llevas, calculo, unos tres meses leyéndola o repasándola, o escudriñando sus omisiones entre puntos y comas. Me miras de soslayo, me miras y sospechas que pasa algo o alguien. Dicen que lo peor en una relación es la desconfianza o la mentira. No tienen ni idea, lo peor es la falta de secretos, lo peor es saber que las cartas ya están dadas y el juego terminado. Por eso dejo pistas falsas, para tenerte entretenido, inquieto, excitado y enamorado. Tú lees y yo camino como flotando por la habitación, cambiando de sitio las estrafalarias piezas que adquirimos en los mercadillos los jueves por la mañana. Nos gusta regatear. A mí se me da mejor. A ti se te nota mucho que deseas algo. Y el deseo sube el precio. En diez minutos recibirás una llamada. Un cliente. Un apellido ilustre al que han recomendado tus servicios. Quiere vender su mansión: un castillo familiar a unos veinte minutos del centro urbano. Quedará contigo para que vayas a verlo y acordar un precio alto, pero justo, de venta a un público selecto. Tú siempre te has movido entre gente importante. Eres discreto con los vicios de los demás y eso te ha hecho medrar en el negocio inmobiliario. Te invitará a comer en su mansión y te sugerirá que lleves a tu linda mujer. Iremos juntos, como siempre. Conduciré yo. Nos miraremos con ternura en las rectas.

El día es lluvioso, pero brillante. Hay un arco iris en alguna parte. Hemos llegado a la finca. El anfitrión nos recibe en la puerta. Te estrecha la mano. A mí me da dos besos blandos, casi húmedos. Entramos. El dueño, en el gigantesco recibidor, extiende los brazos y dice voilà. En ese preciso instante me arrepiento. Pero es tarde. Mi marido se ha adelantado y el anfitrión ya le está apuntando al cráneo con el pistolón que heredó de su abuelo. Cae. Y con su cuerpo muere el mío. El anfitrión tiene mucho dinero y es un amante entregado e imaginativo. Eso me pareció suficiente para decidir que mi marido no se merecía sufrir, sufrirme. No tuve valor para hacerle daño y opté por matarlo. El amante suele ser la mano ejecutora. Solo es necesario no vaciarle los huevos durante un tiempo y milagrosamente le llega el valor al pecho para disparar a un hombre decente por la espalda. Mi marido no lleva ni quince segundos muerto y ya desprecio a mi amante con un asco que me hace vomitar. Salgo de la casa, arranco el coche y no miro atrás.  


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