jueves, 29 de junio de 2017

A modo de epílogo epidural y epifanía epitáfica.



            El humanista Gonzalo Correas, gran refranero, escribió que se usa la expresión son habas contadas "cuando se echa cuentas de cosas claras y ciertas, y granjeos y ganancias que se harán". Se remite a la ancestral costumbre de contar y votar con habas tanto en ámbitos públicos como privados.

            Este libro de habas contadas ha pretendido echar cuentas de cosas claras y oscuras, ciertas y aproximativas, aunque sin opción de ganancias contables. Un paquete envuelto con sabrosas viandas, escenas que en sí mismas son historias, breves, pero completas. Historias que abren la puerta a otras iniciativas a la hora de contar con más extensión, de forma más prolija, las eventualidades de un personaje o de una idea. He pretendido cerrar la boca antes de dar por resueltos todos los enigmas.

            Se arriesga en la hipótesis de que el gran Pitágoras de Samos creía que las habas también tenían alma y por eso se autoinmoló ante un campo de esas leguminosas por no pisarles las ánimas, tan frágiles al pie humano. En cualquier caso, yo sí creo que estas habas contadas que aquí acaban y han sido escritas con toda el alma, tienen una trascendencia que va más allá de lo evidente. Lo efímero en ocasiones vuelve a nuestro magín para quedarse.


            Rechazar la paja no es desmerecerla. Es que en ocasiones uno solo quiere apuntar con el dedo sin tener que perfilar al detalle la figura apuntada. Ser honesto es una obsesión en la literatura. No decir más que aquello que se ha visto, aunque sea entre brumas. Me gusta arriesgar sin caer en el engaño ni en los inventos imposibles. Buscar la sencillez para transmitir la emoción es un objetivo ambicioso.


            "Aunque al principio lo atractivo de cualquier texto sea el tema que aborda, es el lenguaje el que lo sobrevive", leo que dice el periodista y escritor Jaime Fernández en su blog En Lengua Propia. Y estoy de acuerdo. Pero a veces, demasiadas, las palabras se conjuran para traicionarnos y dejarnos en feo delante de las visitas. Y lo maravilloso es que en esas ocasiones suele producirse la magia, la conexión con el otro, con el que recrea lo escrito y el que lo dirige a su terreno biográfico. Allí están bien las palabras, en casa de otro, independientes y con cierta presunción respecto al que las ordenó sobre un papel.


            Paul Auster niega que escribir sea algo placentero. “Es un trabajo duro y se sufre mucho. Por momentos uno se siente inepto: la sensación de fracaso es enorme y eso significa que no hay sentimiento de satisfacción o de triunfo”.


            El sentimiento que tengo en estos momentos es de tensa liberación. Adiós a este bulto sospechoso, aunque sepa que volverá a casa a lavar la ropa, a llorar cuando el mundo cruel le dé la espalda y que me visitará los domingos a probar mi exquisita paella de conejo.

            Lo dejo marchar sabiendo que sus calambrazos en el estómago durarán mucho tiempo. Pero hay que ocuparse de otros asuntos. No conozco la satisfacción plena. El espíritu mordaz, cada vez que mira la vida, no puede dejar de pensar que tiene truco.

            En ciertos momentos he prescindido del gusto, de los placeres estéticos a sabiendas que al final reinaba el desencanto. Los exorcismos sacan lo mejor de nosotros.

            Mis respetos desde este epílogo epidural y epifanía epitáfica, a esos hombres a quienes nunca les pesaron los pies, ni sus pasos se vieron clavados en la tierra. A esos hombres que parecen flotar mientras los demás nos arrastramos. Son hombres libres, caballeros de valores contrastados, que los defienden con coraje sin atender a coyunturas o ternuras. Ya no quedan. Va por ellos, por los inexistentes.

            Por último quiero hacer mención a otro hombre, a otra historia casi verídica, a un tipo que quizá no pertenezca al del grupo anterior, ni falta que le hace. Va por ti. Responde al nombre de Maimónides. Es cordobés y filósofo de baratillo. Luce en negro unos ojos hundidos al fondo de los telescopios que usa de lentes. Barba habitada por una fauna sin clasificar en las enciclopedias y una dentadura donde las eses han encontrado un retiro paradisíaco. Su edad, indeterminada, como suele ocurrir con los hijos putativos de la calle. Es un tipo que frecuenta los pórticos de las iglesias para reírse de las beatas, más que por pedir una limosna que no necesita. Allí puedes acudir a escucharle buenas historias. Las inventadas son las más interesantes, aunque también salpica su discurso con algunas de las otras, más creíbles. Ha necesitado mucho tiempo para superar su adicción a profesiones estrafalarias y frustrantes. Todas las ejerció en su día. Paso a enumerar parte del vía crucis de una trayectoria laboral que sobrecoge: dependiente en una tienda de golosinas, secretario personal de un echador de cartas, masturbador de reses, analista de flatulencias,  empleado de videoclub, representante de estiércol, maquillador de cadáveres para una funeraria, cantador de bolas en un bingo, limpiador de pista en el circo…

            Ahora está curado. Vive del cuento que acabo de contar y de una pensión por incapacidad grave, la del escritor soliviantado. La sociedad socialdemócrata le mima mucho. Son habas contadas.



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Fin.


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