
La
fiesta de consistorio, la fiesta por imperativo legal, la fiesta como objetivo
vital, la fiesta sin fin. Fiesta de noche, de día, patronal, laica, veraniega,
invernal. Fiesta en todo momento y lugar. Si la fiesta es sinónimo de júbilo,
el trabajo se convierte en sinónimo de pesadumbre. Tenemos a millones de personas
afligidas buscando en el calendario fechas que vayan a ser luminosas. Jaime es
un hombre sencillo en sus costumbres: trabaja reparando electrodomésticos,
disfruta de tiempo con su familia a diario, pesca en sus ratos libres, escribe
novelas sobre crímenes horripilantes para dar salida a su naturaleza
ingobernable, suele hojear guías de viajes para conocer sitios a los que nunca
irá. No le importa viajar con la mente. Acaba de venir de Tallin, la capital de
Estonia: maravillosa y medieval, según cuentan. Jaime no entiende la necesidad
de fiesta que manifiesta la gente. Él vive realizado a tiempo completo, en
conexión con lo que hace, con las personas que le rodean y consigo mismo. Si
hay algo que celebrar, lo celebra. Si hay algo por lo que llorar, llora. Ora
mientras habla, mientras trabaja, mientras come, mientras folla, mientras
sueña, mientras pesca, mientras mata a uno de sus personajes novelados. Jaime
es un ser integrado al que las miserias propias y ajenas no le desconciertan
como al común de los mortales. Su truco es no perder de vista su paso efímero
por el mundo. Al mundo le gusta darse importancia, ponerse grave y cejijunto;
es por eso que la gente necesita fiesta, una fiesta que muchas veces es síntoma
de angustia clavada en el esternón.