Cuando duermes los sueños son absolutamente reales para ti. No hay otra realidad en tu experiencia que esos aconteceres oníricos. En el sueño, tu cuerpo sutil proyectado está dando crema en la espalda de una mulata frente a un mar de mariposas, mientras dos gendarmes montando en jirafas quieren hacerse un selfi contigo porque dicen haberte visto por la televisión presentando un programa de cocina. En el sueño esa escena es lo real, ahí lo que no es real es la hipoteca, ni el dolor de rodilla que padeces en el estado de vigilia los días de lluvia, ni siquiera es real la mujer que duerme a tu lado y de la que no tienes ninguna referencia, porque no la tienes tampoco de tu cuerpo físico, ni de la cama, ni del mundo. Sólo cuando despiertas comprendes que la escena dando crema a la mulata era solo un sueño, que jamás ha ocurrido. Ahora tu realidad es la cama, la mujer tendida a tu lado, la hipoteca y el dolor de rodilla. Una realidad, que en su momento, cuando despiertes del «estar despierto», también descubrirás como sueño, quizá compartido, pero nunca consistente.