
El
personaje más célebre de la época, reconocido por su sabiduría y caridad, te ha
girado una invitación personal para que acudas a la cena que se organiza en su
honor en el mejor hotel de la ciudad. A ti, te ha invitado a ti, que andas
enredado en historias de arrabal. No lo entiendes, pero no vas a desaprovechar
la oportunidad de conocerle, puesto que, como muchos otros, tú también lo
admiras. Desestimas la opción de alquilar un chaqué o un traje de etiqueta.
Aunque la cena sea de alto postín, tú estarías ridículo con una vestimenta que
nunca te has puesto ni va con tu modo de vida. Así que echas mano del reducido
fondo de armario y eliges tu mejor pantalón, tu mejor camisa, tu chaqueta más
elegante y tus zapatos más nuevos. Planchas tu ropa con esmero y te vistes
delante del espejo. Te diriges a la cena con tiempo de sobra, palpando la
invitación en el bolsillo de la chaqueta. Quieres llegar pronto para pasar
desapercibido. Pero por el camino te encuentras con un viejo amigo que te
insiste en tomar un vino para poneros al día. Accedes por educación y porque
aún tienes tiempo. Un vino se convierte en media docena. El último, como ya
estás medio cuezo, se te cae encima manchándote la chaqueta y la camisa. Te
embarga un gran disgusto, un sentimiento de pena por ti mismo, pues has sido
incapaz de permanecer limpio y firme en tu camino hacia esa importante cena. Te
despides del amigo, sales a la calle y unos metros más adelante una prostituta
te ofrece sus servicios. Dices que por qué no, de perdidos.... La profesional
apenas utiliza sus artes y te vienes encima, dejando una evidente mancha en el
pantalón. Al alejarte de allí metes los pies en un charco. ¿Qué ha pasado?
Dónde vas así, con la ropa y los zapatos de un astroso. Te sientas en un banco
desconchado de la plaza que está frente al hotel. Piensas en no acudir a la
cena, no tienes derecho a presentarte de esa guisa, qué pensaría el
homenajeado. Pero si no vas, perderás la ocasión única de conocerle. Te tragas
los últimos vestigios que quedan en ti de orgullo y de dignidad, y te diriges
hacia la entrada del hotel. Te dices a ti mismo que no importa lo que piensen y
digan de ti (todo merecido), si por lo menos puedes verlo. Decides no sentarte
a la mesa, eso sería demasiado irrespetuoso con el hombre homenajeado, así que
te pasas por la cocina y coges un mandil del personal de limpieza y entras al
comedor donde los comensales comen y departen alrededor del gran hombre. Te
metes debajo de la mesa a recoger las migas, le oyes hablar, escuchas las
preguntas de los invitados. Tú aún no has podido verlo directamente. No te
importa. Le oyes desde debajo de la mesa, le sacas brillo a sus zapatos con tu
propia saliva. Estás a sus pies. ¿Qué más se puede pedir? Eres el hombre más
afortunado del mundo en esos momentos. Ahora te alegras de que el orgullo no te
haya impedido acudir a la cena. A los postres, el gran hombre estira las
piernas y sin querer te da un puntapié en la cara. Emites un lamento sordo,
pero suficiente para que el gran hombre se dé cuenta de que alguien anda por ahí
abajo. Levanta el mantel y te ve. Lo miras aturdido, avergonzado. Te llama por
tu nombre y te pregunta qué haces ahí. <<Te envié una invitación para que
cenaras conmigo, no para que estuvieras bajo la mesa recogiendo las
migas>>. No sabes qué decir, no es oportuno dar explicaciones que solo
servirían para enredar aún más la situación. Guardas silencio. El gran hombre
te tiende la mano y te ayuda a salir de tu miseria. Pide una silla y señala
para que te sientes a su lado. Lo miras, solo puedes hacer eso. Te mueves
mecánicamente y obedeces sus indicaciones. No puedes dejar de observarlo mientras pruebas el postre que te han puesto delante. Él habla y sonríe a todos. Tú estás
a su lado. Y él es tan grande que te haces grande junto a él.