El destello de un grifo de acero
inoxidable para quien cree que se ha acabado su tiempo, es una predicción de
luz artificial casi perfecta. Me han defraudado los cuerpos, empezando por el
mío. Sus dolores son más fiables que los apetitos que lo asaltan. Ella se fue
porque no se sentía suficientemente valorada. Para irse, me echó. La deseaba,
claro que sí, pero tenía que disimular. Uno tiene su reputación. Ahora me
dedico a reivindicar mi no existencia como si fuera la clave que resuelve los
misterios del universo. Anhelo la muerte física, la única demostrable, para
demostrar que tengo razón. Las contradicciones siguen haciéndome cosquillas.
Sí, creo en la química, en el abismo que se cernía sobre sus ojos cuando estaba
amando. Supe que si hubiera estado a su mismo nivel, habríamos creado la
eternidad, pero me encontraba analizando la situación en vez de vivirla. Es el
cáncer de todo escritor, un cáncer maligno cuando eres un mal escritor, como es
mi caso (ni Borges ni yo hemos ganado el Nobel. Yo aún estoy a tiempo). Antes
de que acabe la escena, antes de que ella diga su frase, me visualizo en la
pantalla transcribiendo una vida no vivida. Por eso también, una razón más, se
fue echándome. No podemos elegir nuestro decorado último. Ella no traicionó su
ideal sobre el amor, aunque fue fiel a costa de los dos. Mi cuerpo la recorre
en su memoria centímetro a centímetro, y aún se estremece. El álbum de mis
recuerdos es un caos, en él se mezclan silencios cargados de intención con
chorros de semen sobre el sofá. Por culpa de mi cinismo también se fue
echándome. Bajo a tomar una copa al bar de abajo. Los pequeños vicios son
latigazos que sueltas sobre la espalda de tu enemigo. Disfrutas matando poco a
poco y escondiendo la mano. Luego llorarás, pero sin saber bien por qué, la
costumbre quizá. El asesino profesional evita el contacto sentimental con su
víctima. Un hombre se siente en paz tocándose pausadamente los huevos, como si
jugara con dos planetas simétricos capaces de generar vida extraterrestre. Por
eso ella se fue echándome, por ser un huevón al que le cuesta echar raíces en
tiestos de interior. Lleno la bañera, no cierro el grifo y dejo que el agua
busque su sitio. Me voy sin darme la vuelta, esperando ver la inundación en los
periódicos de la mañana. Huyo, una vez más, a seguir teorizando.
sábado, 3 de junio de 2017
viernes, 2 de junio de 2017
Solos en pareja.
Remolca los pies como si fueran
penitencias de condenado que no cree en el indulto. Se arrastra por un corredor
de inciensos y beatos meritorios hacia la sala sin salida donde espera la mujer
que a fuerza de amarlo, tanto le asfixia. Pasa de ser un ángel asesor a
mayordomo de esclava. Así es su relación desde una tarde que se prolongó entre
las sábanas mientras al otro lado de la ciudad moría una madre. Apenas hay
charla entre ellos, apenas se esfuerzan por encontrar gestos cómplices.
Simplemente, cuando toca, ella se abalanza con la boca entreabierta a la caza
de su gusano gruñón de camisa arrugada y sombrero de copa que escoge como
guarida el vértice de sus piernas. Se hacen daño con la excusa del amor. Se
embadurnan los cuerpos con babas corrosivas. A veces, fornica sobre él mientras
sostiene abierto un libro, generalmente de Leopoldo María Panero, donde lee
zarpazos hirientes, provocaciones ridículas, discursos inconexos, destrucción
en rebajas. Lee al escritor que escribe sin conseguir evitarlo, igual que otros
odian con la tristeza de la costumbre. Lee y busca en la locura un perdón. Ella
le posee sin absolver, como un animal apaleado. La locura que sirve para
esconderse resulta decente. Es una locura que succiona, ordeña orificios. Se
despatarran en el sofá y acunan el crepúsculo de barrio, que es ocaso caducado.
El se distrae en el nubarrón del tabaco. Ve cómo se escapan por los bordes de
su tanga tentáculos rizados y anémicos que ensombrecen los muslos. Ella tiene
el pelo revuelto y gotas de salitre en el ombligo. Los objetos que les rodean
ocultan un ente sordomudo. Están cerca las cosas y cuesta trascenderse para
acceder a ellas de manera simbólica. Pesan demasiado. El se sumerge dentro de
una ficción de alcoholes, abotargada la cara, hinchado el estómago, y
convertido este cáncer en incurable por falta de compañía en compañía de ella.
jueves, 1 de junio de 2017
Quemazón.
El juego de los dedos que se demora
en un intercambio, que confunde la sangre de las yemas con representantes del
corazón. Las terminaciones nerviosas nos liaron y mi boca se abrió a tu paso.
La forzaste con una lengua golosa que deseaba superar los límites de mis
labios. Te agarré las formas que en tu genética son presentación de merengue.
Queríamos traspasarnos a empujones, transplantar los órganos vitales y quemar
el deseo en la carne emparrillada del otro. Ese punto donde el arañazo, la uña
apuñalada, el mordisco cavando heridas, se convierte en dulzura, en placer de
catador de los mejores caldos. Ese punto donde la cordura se trastorna y no es
capaz de testificar ante un delito flagrante. Un placer que hace llorar con la
beatitud de un responso gregoriano, y que nos arrebata cuando la ropa construye
el lecho con sus jirones caídos al sumidero de tus pies desnudos. Un morado de
mi nalga se despierta cuando tu mano azota con la disciplina de madrastra. Me
rasgas el oído con un penétrame que ya me sabe a intromisión. Se
precipitan nuestros movimientos como un vagón de tercera. Será difícil con esta
arrebatada violencia hacer encajar las piezas de la coyunda. Me escupes sin
querer cuando consigues liberar el regalo que ibas pidiendo, y me haces una
tijera con la que cortarme la respiración de las ingles. En el momento del
acople, de la luz, del interruptor mágico, se produce la calma, las palabras
mimosas, los giros más sofisticados, y el cabello se convierte en cuerda por la
que nos vamos descolgando hacia el interior de la celda de este castillo
conquistado. Y sé que si no eyaculo pronto, acabaremos por meter la pata en el
amor, en el mañana donde empezar de cero con la hormona descargada. Terminaremos
por llenar de pinturas de guerra la naturaleza que ejerció su poder en un
momento de relajo.
miércoles, 31 de mayo de 2017
El verso trajeado.
No somos lo que leemos, ni nos
respetarán por nuestras lecturas. En un escritor siempre se esconde un asesino
que necesita entretener los dedos para no derramar sangre. El verso le mira
desde su sofá predilecto. A su verso se le cae el pelo. Canta y aúlla porque se
divierte con los desvaríos. Su verso no sabe llorar, gracias a eso evita que la
casa se inunde cuando el cuerpo cae roto, desnudo de palabras, alérgico al
ritmo, las manos salpicadas de pintura azul, azul, azul sucio y bello, como el
vestido de esa mujer que nos habló de amor antes de toser y toser, y escupir
fealdad. Deja a su verso escapar después de visitarle en el cementerio de un
diccionario escandinavo. No lo llamen, no se volverá, no hará caso, no tiene
nombre. Es un verso porque yo lo digo, pero quién lo iba a reconocer con esas
pintas de empleado de Goldmand Sachs.
martes, 30 de mayo de 2017
Contingencia.
Recuerda con claridad que fue a
punto de cumplir los treinta cuando cambió las copas nocturnas del sábado por
madrugarse los domingos para embaular un desayuno variopinto con sólidos y
líquidos que saciaran su apetito para el resto del día, y todo ello aderezado
con la lectura de una prensa cada vez más enconada que hasta el día de hoy
extiende sobre la mesa como un mapa de operaciones militares. Supone que ésa es
la frontera entre la juventud y lo otro que no se atreve a denominar madurez.
Esa edad que prorroga con más o menos éxito las obras completas de una vejez
donde sujetar la orina ya será una gesta reseñable. Las costumbres cambian
porque cuerpo y mente se cansan con aquellos excesos que antes eran el
combustible necesario para funcionar. Las costumbres hacen a los hombres sin
que éstos se den cuenta. Qué gran poder tienen las rutinas, los ritos, las
formas. Cuando la genialidad duerme - y todos sabemos que es dama de largas
siestas -, nos quedamos desnudos ante las cámaras y nuestra reacción viene
dada por la querencia que hemos trabajado sistemáticamente. Cuánta ternura inspira
la pequeñez, lo sencillo, lo emocionalmente directo. Ante lo inmaterial de la
gracia, una criatura solo puede hacer presentes materiales. Imagino que alguien
nos consideraría, desde una postura altanera que bien podemos reconocer, como
entrañables mascotas.
lunes, 29 de mayo de 2017
Descubrimiento químico.
Cuando dos bocas se enzarzan por
primera vez, aquello que permanecía velado desemboca en el habilidoso
acoplamiento reptiliano. Los extraños intuyen que algo les atrae hacia la
saliva común, las lenguas ensayan papiroflexias en la cavidad sin fondo, y recién
nacidas sensaciones se agolpan rechazando o adoptando al otro para siempre. En
el primer beso se marcan las pautas del juego: cuánto durará la relación y
quién llevará el peso en los momentos de crisis. El primer beso encumbra o
decepciona, nunca deja indiferente. Cuando los labios se separan, los ojos
traducen el mensaje con un trazo que secciona la cara. El primer beso es el
reconocimiento genético de los cuerpos asombrados ante su proceso hormonal. Tu
respiración refrigera su mejilla. Las figuras se acomodan, la piel se
trasplanta, los aromas se suman y los adentros son exhumados. El amor puede ser
una fórmula química, no lo dudo, pero su formulación siempre es mágica.
Inoculados por el nuevo virus, se buscarán para saciar la ansiedad de ocupar
más cuerpo que el de uno mismo y mirar con ojos prestados los lugares exóticos
del mundo. Por un instante te haces la ilusión de que la soledad queda
relegada.
viernes, 26 de mayo de 2017
Movilización.
Duelen los discursos calientes en la
cortedad de la plaza pública, sueltan los globos de colores como memoria de la
libertad. Se nota que no saben ocupar la calle. Al final de los discursos abren
las compuertas del aplauso, llegan los gritos con el compás roto y los lemas
mal ensayados, cojo la mano al líder carismático y lo llevo junto a una señora
con las piernas amputadas que cambió el miedo por un poema asimétrico, ella le
cuenta su anhelo de correr los mil quinientos metros en las olimpiadas del
absurdo, el líder le dice que él sólo ha cometido un pecado: amar profundamente
a su pueblo, lo ama tanto que le estorban las personas, así que se quita a la
paralítica de encima con palabras aprendidas por la memoria de la libertad como
reza la pancarta, dicen que cabemos todos a pesar de los codazos, dicen que
cabemos todos y yo digo que depende de dónde quieran meternos, una sola bandera
provoca escalofríos, muchas banderas son folclore, alguien sin bandera no es de
fiar, las patrias grandes o pequeñas acabarán por devorarnos aunque no seamos
adoradores dionisíacos ni el canibalismo nuestro ritual de vida, los gritos
golpean el mar de la tarde con puñetazos negros de malecón herido que hace
bailar claqué a las embarcaciones a la deriva, hay demasiado ruido en medio de
mensajes con higadillo, por lo que dios, una vez más, opta por taparse los
oídos.
jueves, 25 de mayo de 2017
La prostituta y el militar.
El resplandor de la santa rebota en
el suelo y se adentra por su campo de Higgs, por su explicación de la vida a
golpe de partos y abortos en una sucesión de éxitos y fracasos que vaya usted a
saber. Sus caricias son bofetones de aire que ahuyentan las pestañas que
tendían a posarse en las condecoraciones del militar empalmado y beodo, tan
entregado a su masculinidad que olvida que ella trabaja con las caderas de
aceite. El alcohol lo desnuda de alma para arriba, y ella sabe sacarle los
colores al niño que se perdió bajo la gorra. Prostituta y militar hacen el amor
y la guerra a partes iguales, en una tosca interpretación de garaje, emulando a
Afrodita y Ares.
miércoles, 24 de mayo de 2017
Juegos iniciáticos.
¿Jugamos a los masajes?,
invitó la niña respirando forzadamente por la boca. Sabía ella que era algo
inapropiado ese juego en el que buscaba sentir su propio cuerpo. Pero
necesitaba las manos flojas e inseguras de ese niño estúpido que no encontraba
divertido el masaje. Lo convenció con movimientos que él tildó de extraños.
Empezó por las piernas flacas de su amiga que se había tumbado boca abajo en el
sofá. No conforme, se subió el vestido hasta la cabeza invitándolo a seguir el
manoseo por la espalda. El niño frotaba la piel ahuesada sin ningún entusiasmo,
hasta que ella cerró los ojos y se puso a soltar pequeños suspiros. Eso le pareció
interesante. Empezó a comprender la relación que había entre el movimiento de
sus manos con los retorcidos gestos que se dibujaban en la cara de su compañera
de juegos. Dependiendo del lugar de contacto, de la presión que ejercía, y del
tiempo que se demoraba, la niña se contorneaba más o menos. También en el
culete, acertó a decir ella con un hilo de voz. El niño, obediente, se puso a
la tarea y amasó los mofletes traseros lo mejor que supo. Ella movía las
caderas y se arqueaba como una pequeña serpiente ante su manipulación. El acabó
por ponerse nervioso y le dio un azote con el que dio por terminado el masaje.
Ahora me toca a mí, dijo harto de su papel de mandado. La niña, algo
decepcionada, se levantó, se arregló la ropa y se fue a buscar a sus amigas
mientras le decía que otro día, que ya no le apetecía jugar con él. El niño
supo que sus relaciones con las niñas serían siempre conflictivas y
decepcionantes.
lunes, 22 de mayo de 2017
Incierto.
Es un escritor, no sólo un tipo que
escribe. Después de matar a su socio con el que compartía un negocio de
fontanería en el que no cuadraban los números, pasó por la cárcel haciendo
amigos en los talleres de cerámica. Salió con la decisión tomada de que nunca
más volvería a escribir novela negra. Ya los personajes le eran demasiado
familiares. No podrían colarse en su antigua mentalidad de niño salido del aula
parroquial. Se dedicaría a partir de
ahora a la poesía, sí, a la poesía, para que el medio y el fin coincidieran. Se
quemó los dedos en la última calada, y el despojo del puro se cayó a los pies
de aquel vagabundo que con cuarenta grados a la sombra iba con chaqueta de
pana. Los pobres suelen distinguirse porque ellos mismos son su fondo de
armario. A su lado, un perro lamía un salivazo del suelo. Ambos miraron a
nuestro recién estrenado poeta y a sus cicatrices. La soledad identifica a sus
víctimas a distancia. El alcohol, también. El vagabundo hacía honores a una
caja de vino barato. Nuestro poeta sin un verso con que aplacar la rayada de su
estómago, se imaginaba bailando los
hielos de un vaso ancho. El perro le ladró con cara de perro. El vagabundo tocó
un poco amargado la flauta dulce. El se dijo en voz baja y con la lengua
quemada: Qué será de nosotros cuando dejemos de pensarnos. Un tiro al
fondo de la calle seguido de una sirena le recordó que la novela negra sale en
los periódicos. Cuando dejemos de pensarnos... el perro volvió a
ladrarle con cara de no haber pensado nunca. Y qué más da lo que ocurra cuando
un hombre se adentra en la desmemoria.
viernes, 19 de mayo de 2017
Colapso de Internet.
Ese cheposo septuagenario con cara
de mula adiestrada a sopapos, pasaba las noches en vela urdiendo un plan para
colapsar Internet. Había llegado a la conclusión de que era la mejor forma de
acabar con el actual mundo, un mundo que voluntariamente dejaba en manos de ese
invento de redes el motor de su funcionamiento. El imparable rencor hacia el
artefacto comenzó cuando se quedó viudo. Llevaba la contabilidad de las horas
desde que su Carmina murió de un derrame cerebral no controlado a tiempo. Desde
aquel momento el anciano estaba en la prórroga de sí mismo, y su afán era
llevarse a todos por delante, o al menos joderlos lo suficiente para que
tuvieran que pensar en algo distinto. Si lograba desactivar ese monstruo de un
millón de cabezas que llamaban Internet, haría regresar a la Humanidad al
tiempo de los bailables en la plaza, al tiempo de las estrellas visibles desde
las ciudades, al tiempo de las cartas de amor. Y si no, al caos absoluto, que
tampoco era mala opción. El problema es que él no sabía ni colocarse recto ante
un ordenador. Por eso pensó en echar mano de un peón friki dispuesto a ayudarle
en su tarea de terrorista informático. No encontró a nadie que le tomara en
serio, ni tampoco en broma. Simplemente le ignoraron, que parecía ser lo más
compasivo que se podía hacer con aquel abuelo. Lo importante es la intención -
pensó -, y seguir un plan a rajatabla. Y así recorría la casa de un extremo a
otro mientras el resto de vecinos del bloque dormían. Su mejor ocurrencia, ya
febril, fue la de ir con un mazo a destrozar los ordenadores de la caja de
ahorros donde cobraba la pensión mínima. Exhausto, con las zapatillas horadadas
por los bulliciosos dedos gordos de los pies, cayó sobre el sofá a la espera de
un viejo amanecer. Para consolarse de su noche estéril, se dijo que tendría que
llamar a uno de sus nietos para consultarle los detalles sobre el funcionamiento
de esos artilugios que tenían conexión con otros congéneres. Era necesario
conocer al enemigo para atacarle con eficacia. En su vida, siempre se había
topado con esa dualidad: muchas ideas y pocos conocimientos para llevarlas a
cabo. Pero estaba dispuesto a morir matando, por sus hernias.
jueves, 18 de mayo de 2017
En la Buhardilla.
Tiene la puerta blindada de óxido,
la manilla rota y su universo en contracción evidente. Al otro lado del
apuntalado maxilar, la buhardilla adecentada con pasos lentos acaba en un ventanuco que sonríe a un largo
callejón de moribundos sin nombre que la noche aborta como si no fueran suyos,
o acaso una consecuencia inesperada de sus actos impropios. Preside el lugar
una cama de hierro sollozante, un trono de insomnios con patas cojas, la
almohada con durezas irregulares, embozados los pies en escalofríos húmedos.
Los ratones se mueven con prisa, pero con la confianza de que nadie los
expulsará de ese territorio desnaturalizado. Solo un niño con espíritu de
paladín intrépido se columpiará en lo que para él todo es misterio. La soledad
es su atracción y su reto. En la buhardilla, aquellos rostros que las formas
irregulares insinúan, tienen vida demorada y el cielo parece un cobijo
negligente. A esa primera edad el tiempo no significa nada, y las horas son
vidas completas. La ficción del hombre adulto habrá de regresar a esos momentos
de su biografía si quiere alimentarse de lo que no caduca.
miércoles, 17 de mayo de 2017
Beatífica.
Querida amiga, dos puntos. Desde que
te conozco has calificado de sublime un montón de edificios, paisajes, puestas
de sol, personas, escenas de teatro, libros, anuncios, cuadros, espectáculos
callejeros de acrobacia... Hasta unas patatas con chorizo en casa Paco te
parecieron sublimes. Al principio, me desarmabas gracias a tu melena en
libertad condicional y esa sonrisa azul que la genética perfiló certeramente en
tu cara. Esos dones, junto a mi dosis de encoñamiento de cuarentón desesperado,
fueron suficientes para que cualquier cosa que dijeras pareciera encantadora.
Incluso ese jodido mantra adjetivado que te llevaba al éxtasis en medio de un
atasco en la carretera de La Coruña, o al escuchar una simple canción de Radio
3 en tu teléfono inteligente. Lo hermoso tiene fecha de caducidad, llega el
invierno, estética cruel por su vocación al declive. El tiempo ensancha el
cariño y resalta los defectos hasta hacerlos incompatibles con los derechos
humanos más básicos. Así que como vuelvas a decir que algo es sublime, me como
los mocos a cucharones, escupo hacia dentro y te dejo plantada en medio de
cualquier sitio en dirección a cualquier lugar. Con todo el cariño.
lunes, 15 de mayo de 2017
El fracaso.
Los barrios tienen supermercado multiculturales donde el recién llegado porta zapatillas nike y el autóctono esconde su penuria por pudor. La anciana en la cola del cajero lleva la mirada suplicante. En brazos, una botella de aceite de girasol y un paquete de harina. En total, apenas dos euros. Ha tenido que rebuscar entre sus harapos para encontrar hasta el último céntimo. Algunos en la cola mostraban evidentes signos de incomodidad ante la escena. La cajera, muy paciente, cariñosa y profesional, le ha ayudado a dar con la cantidad exacta de su compra. La anciana solo acertaba a decir gracias, gracias, gracias. Una vez recogido el ticket, ha ido a meter el paquete de harina a una bolsa y se le ha escurrido de las temblorosas manos, tapizando el suelo de un blanco nicho premonitorio. La cajera le decía que no se preocupara, que le traían otro paquete de la estantería, que se encargaban ellas de recoger y limpiar, pero la anciana se ha puesto de rodillas para intentar meter lo derramado dentro del paquete. Hemos tenido que levantarla casi a la fuerza mientras repetía: gracias, gracias, gracias.
Estrella del espectáculo.
Subida a un escenario, con el cuerpo
cubriéndome la timidez, es fácil atenazar la emoción de miles de personas
predispuestas a las descargas eléctricas, a sentirse vivas, a sentirse. Una
melodía, unas palabras bien entonadas, y ellos que se traen hecha la tarea de
casa, ponen la sensiblería al servicio de los ojos llorosos que los hacen
vulnerables. Así son los conciertos del verano, la gira por las plazas
atestadas de gente dispuesta a estremecerse con cualquier melodía que les
proponga. El público se abandona con demasiada facilidad. Se nota que van
bregando río arriba y sólo desean bajar los brazos y entregarse al delirio
merecido. Entre canción y canción la orquesta se explaya en alardes
instrumentales. Mientras, me cambio de traje, y observo cómo de un balcón a la
izquierda del escenario, cuelgan una docena de sostenes. Descansan del volumen
carnal que habitualmente los rellena. Recuerdo que perdí el amor por culpa de
una lavadora a la que hacía trabajar demasiado. Mi ex novio, mi ex
representante de espectáculos lúdicos en las fiestas patronales, no soportaba
tanto trajín de ropa; de la lavadora al tendedero, luego al cesto, luego a la
plancha, luego al armario y vuelta a empezar. Es cierto que en invierno, cuando
las actuaciones son a puerta cerrada, aún me obsesiono más con la limpieza, con
los olores corporales, nunca con el amor. ¡Buenas noches, Astorga!
viernes, 12 de mayo de 2017
Traje nuevo.
Si supiera cómo se hace, resetearía
el disco duro de mi cerebro para salir a la calle con la mirada de un recién
nacido embutido en cuerpo de adulto. El mundo es como una de esas heladerías de
ahora que ofrecen mil sabores distintos. Estoy harto de pedir siempre el de
avellana. El campo de juego es amplio y me he acomodado a jugar sólo por una
banda. Así se muere uno, no me extraña. Pero desconozco cómo se cambia sin
dejar de ser el mismo. Las formas se han hecho con la identidad sin que ésta
proteste. Hace tiempo que no estrello un plato contra una pared. Va siendo hora
de la violencia, de despertar al sonámbulo que me habita sin pagar alquiler,
con la misma tristeza de una lámpara encendida en plena mañana de verano. Falta
luz en la luz. No conozco una casa con la amplitud de ventanas suficiente para
captar ese mundo que respira ahí fuera: fogoso, sublime, engrandecido a pesar
de nuestra preferencia por las sombras. Fuera persianas, cortinas, marcos y
puertas. Fuera, todos fuera. Somos abiertos al exterior o camarote sin
respiradero. A elegir. Si supiera cómo.
miércoles, 10 de mayo de 2017
Uno más uno igual a otro.
Se despierta tu carne bien follada
entre las metáforas incomprensibles que corren por la cama que soportó el
asedio en el cuerpo a cuerpo. Aún los vecinos están protestando por los
cañonazos y los quejidos del amor desangrándose. Ha sido una noche donde nos
hemos hecho daño por ver hasta dónde soportaba el placer sin romperse. He
tenido que echar mano en la imaginación de mi reserva de mujeres que se
quedaron en el camino, para que tú puedas robarles los orgasmos que les
pertenecían. Eres la última, el resumen, el zumo más dulce, ése que se bebe a
tragos pequeños, diciendo ¡aah! después de cada uno de ellos. Un zumo que
rinde, que satisface la necesidad de vitaminas en una noche que aspiraba a ser
eterna, como todas. Nos engaña la oscuridad, parece que nunca se irá, que el
cuento se ha acabado y a ti te he cogido en el mejor de los abrazos. Beberte
mirando al último sol, convierte a un hombre en indestructible. Te beso antes
de desvelar tu cara adormilada y gatuna. Con los pies sigues arañando, con tu
pelo continúas el engatusamiento y con tu boca pretendes sacarme las humedades.
Pero tengo que vivir, tenemos que vivir, por separado, tú una vida y yo otra,
creo. No hay una vida para nosotros solos. Aún no la hemos patentado, ni nos
dejarían. El mundo es un lugar que no permite rarezas, que no deja que te
levantes de la silla sin haberlo perdido todo en su infausta ruleta. Con el
amor la vida se retrasa, se hace cuesta arriba como un puerto de categoría
especial para un ciclista no dopado. Tu droga sólo sirve para el ensueño.
Cuando llegue de nuevo el momento de mirarle el culo, a la hora en que el sol se
marcha a quemar girasoles a otro sitio, nos volveremos a reinventar lejos de
las ventanas abiertas, inalcanzables a la cobertura de otros ojos, aunque sus
oídos no podamos taparlos, o sí: los violamos con nuestras escaramuzas en el
frente, con nuestras expresiones de cabo de la legión con la piel llena de
metralla. Por delante y por detrás, así es nuestro amor antes de que el
ascensor se ponga a bajar gente a la arena.
martes, 9 de mayo de 2017
Esperanza.
Si no se pierde, a la esperanza hay
que matarla, no se puede ser otra cosa de lo que ya eres, reconócelo; lo que
buscas lo tienes delante de tus ojos, respira, quítate los adornos que
confunden, no corras hacia el paraíso si no sabes quién corre, dios se ha encarnado,
se llama como tú, ha copulado con tus diosas, quiere a tus hijos por feos que parezcan,
enciérrate en tu habitación y habla con las paredes, no salgas hasta que
descifres su lenguaje, y la esperanza haz el favor de dejársela a los suicidas.
viernes, 5 de mayo de 2017
El espejo cóncavo.
Quizá no seamos tan hipócritas como
nuestros actos y omisiones puedan hacer sospechar. Quizá sea que nos engañamos
a nosotros mismos por caridad, con un gesto de amparo hacia el prototipo algo
defectuoso y que se merece un vigésimo pretexto para ir mejorando sus
prestaciones a fuerza de doblarle el espinazo al egocentrismo. La cobardía
aumenta según uno se va replegando entre las paredes del búnker que parecen
escupir reproches. La crueldad de la que es capaz el cobarde, el malvado ni se
la imagina. Intentamos justificar nuestros actos, qué otra opción nos queda
para salir indemnes. Si quiero convertir en melodrama lo cotidiano, lo hago y
punto. Quién me va a impedir poner un poco de exagerada actuación en esta obra
mediocre. Antes histriónico que sencillo. Cuando ganamos una partida invitamos
a la siguiente ronda y desplegamos el mejor arsenal de nuestro ingenio con el
labio algo levantado. Cuando perdemos una mano, nos masajeamos el alma con
sentencias filosóficas y metafísicas. Y es una suerte que aún puedas beber
hasta caer inconsciente, hasta que el vómito te despierta de un sueño que
tramaba asesinarte con arma blanca. Es una suerte porque llega un día que hasta
ese analgésico natural que es la bebida, te sienta como una patada en los
fatigados huevos.
miércoles, 3 de mayo de 2017
Plan Renove.
No me interesa la personalidad, me
refiero a la propia. No me gusta rendir culto a mis huesos entumecidos y
músculos bajos de forma. Sé que no me la llevaré bajo tierra, que su pictórica
estructura llena de matices no es duradera ni fiable. Por eso me conformo con
coger de aquí y de allí para ir aliñando el plato de un carácter gris y
flexible, pareciendo el mismo a ojos de quien no mira más que la carcasa, el
gesto ensayado y los tics familiares. ¿Una hoja al viento? Mejor un junco. Son
tantas las reencarnaciones que no me encariño con las peculiaridades de la
mente aunque quiera. Media vida llenando de objetos la casa, y la otra media
vaciándola para dejarla como estaba. La casa y sus ecos, las paredes. Dicen que
en el desierto no hay ecos. Los límites son útiles un determinado tiempo, luego
se cambian, por probar nuevas versiones y maneras de decir lo mismo. Es
complicado saber cuándo estamos para la chatarra, cuándo ha llegado la hora de
aceptar otra oferta, aunque hay pistas: cuando no eres capaz de extraer un jugo
nuevo de cada beso, cuando las nostalgias pueden con las expectativas, cuando
la ilusión de los otros te hace bostezar, cuando te levantas agotado, con la
sensación de haber soñado lo de siempre, cuando te quedas en blanco ante la
tragedia, ante la belleza, cuando no suena el teléfono o si suena lo dejas que
se apague solo, cuando prefieres la penumbra en las habitaciones que dan al
sol, cuando escribes en vez de vivir, cuando le arrancas de cuajo la fe a un
testigo de Jehová que se confundió de puerta, cuando el futuro es un bien que
no te interesa poseer, cuando el amor no es razón suficiente para mantener el engaño,
cuando no te preguntas dónde va el agua del río, cuando en Internet sólo
consultas las esquelas, cuando las noticias de hoy ya las habías oído, cuando
acudes a las fiestas con un protector de pantalla, cuando un niño se aleja de
ti movido por un miedo irracional, cuando una mujer siente lástima ante tu
erección a media asta, cuando los viejos te llaman viejo, cuando empiezas a
fumar sólo porque en las cajetillas pone que te puede matar.
martes, 2 de mayo de 2017
El espectáculo callejero.
El espectáculo callejero deposita
absurdos en el cotidiano pavimento, escupe música envasada sobre las fachadas
de viviendas de protección oficial. Las notas se deslizan como baba de caracol
hasta dejar un corrimiento insalubre. Danzantes de lycra, cuerpos torneados
ante el espejo de la farsa, un guión acuático con un leñador subido a una
farola observando mientras come manzanas. Los niños juegan con sus ropas de
mercadillo, los ancianos miran en dirección contraria a donde se produce la
trama, pero aplauden entusiastas mientras sea gratis. Los de mediana edad sacan
fotos con los móviles y atienden a niños y ancianos con una ojeada. Los
ayuntamientos temen que la gente se tire a la calle sin ningún propósito. Ante
semejante posibilidad, programan actuaciones que consigan hacer creer en el
milagro de la belleza. La música chirría antes de apagarse y deja paso a las
ambulancias que dan vueltas en busca de su tesoro de carne y hueso rotos.
jueves, 27 de abril de 2017
La pareja perfecta.
Por la mañana cada uno de ellos
acude a su lugar de trabajo. Allí son considerados empleados competentes sin caer
en el vampirismo profesional. Los fines de semana comen en casa de la madre de
él. Son amenos en las fiestas, cultivan bonsáis y comparten la pasión por la
pintura. Ella le clava espinas de besugo en las uñas. El azota el interior de
sus muslos con un matamoscas. Ambos gozan de llevar sus cuerpos a límites no
convencionales. En el más allá del sexo se encontraron, se reconocieron, y
desde entonces no hay amantes más abnegados en el dolor. Ella muerde sus nalgas
hasta el coágulo. El le tira de la melena arrastrándola por el pasillo. Suelen
participar en tertulias sobre la nueva poética que se avecina, sin versos ni
temas tabú. Descubrieron Canadá en el viaje de novios, y les gusta repetir cada
vez que tienen unas semanas libres. Ella le atrapa los testículos con pinzas de
madera que acaba de tomar del tendedero. El suele comer espaguetis sobre su
bajo vientre. Ella le llama gusano después darle un beso de despedida en el que
él ha aprovechado para escupirle dentro de la boca. Tienen pensado adoptar una niña
china. Su vida social es hiperactiva y satisfactoria, sus amigos hablan
maravillas de ellos, pero ahora están planificando una vida más reposada y
familiar. Los años pasan y ellos no quieren tener hijos propios, prefieren
solventar la vida a alguien que ya está en el mundo. Les gusta el cine francés,
la música étnica, y el senderismo. Ella lo ata a una silla del jardín, luego
tirada en el césped ante sus ojos, se masturba con una ortiga. El, ya a media
tarde, se mete un bolígrafo bic con caperuza por el ano, mientras ella lo
observa y le tira agua helada por encima. El jueves pasado salieron de la
ciudad, por darse el gusto de contemplar un atardecer de la primavera recién
iniciada fuera del alcance de las luces artificiales. Ponen la equis en la
casilla de la Iglesia, votan a la izquierda y ningún año se pierden Eurovisión.
La semana que viene tienen apalabrada su presencia en una galería de arte donde
un amigo expone su nuevo trabajo inspirado en el paisaje de las alcantarillas,
en el submundo de la ciudad. Por la noche se abrazan y duermen casi el mismo
sueño. Su afinidad espiritual ha llegado a un punto que los demás envidian
hasta la urticaria. Es Nochebuena y están con toda la familia. Se esconden unos
momentos en el baño para que él le atrape los pezones con las pinzas de una
nécora. Ella le unta el pene con guindillas antes de llamar al perro. Son la
pareja perfecta.
miércoles, 26 de abril de 2017
Aleteo.
No me gustan las mariposas, se dan
demasiada importancia con sus colores de Photoshop en erráticos viajes al país
de las maravillas. No me gustan porque sospecho que se pasan el carné de vuelo
unas a otras para mantenernos hipnotizados en la levedad de la belleza. No me
gustan porque no puedo acudir a su entierro. Dónde dejan de mover las alas.
Dónde tienen su cementerio las mariposas. Dónde puedo ir a congratularme con su
descanso último. Parece que conocen caminos inexplorados entre los arbustos,
que se pierden en un limbo de viento. No me extraña que algunos se dediquen a
cazarlas y clavarles alfileres. Se merecen esa sañuda lección.
martes, 25 de abril de 2017
Levantamiento de cadáver.
En las perchas tengo muertos que aún
no he descolgado. Pinzados por los hombros permanecen en este entierro vertical
acompañando a la ropa que sí uso, que todavía paseo por las calles. Las
chaquetas saben quiénes fueron sus dueños y rechinan cuando mi mano las sacude
midiendo su utilidad. Debería librarme de esa ropa que solo entiende de
espectros. No es fácil, porque las personas impregnamos las cosas de nosotros
mismos, que se lo pregunten a los de la policía científica, que te sacan el ADN
de un gorro de lana mal doblado, y claro, eso sería como tirar al contenedor a
mis difuntos, a mí mismo, a una vida que ya va necesitando de referencias para
sujetarse al despertador cada mañana. Un buen incendio es lo que van pidiendo a
gritos estos armarios donde ni las polillas se atreven a entrar. El fuego es
verso libre, es revolución anarquista. De la primera llama a la última, que es
la misma - ya cansada de dibujar lágrimas de oro en el aire -, va un desorden
de tenedores iridiscentes que comen tanto carne como pescado, madera como
recuerdos. He de dejar solo el esqueleto, la percha colgada del aire inflamado,
la esquela profesional dormida entre dos páginas de un libro de árboles
frutales. Roñoso es el fruto cuando las palabras están dedicadas a un espacio
deshabitado. El espacio, ahí está el problema. En los cajones caben muchas
cosas. Qué meteré en ellos después de la evacuación. Esta casa no estaba
pensada para una sola persona. De ninguna manera.
lunes, 24 de abril de 2017
La muga.
La luz de la piedra medieval canta
en directo a los siglos venideros. Ahí va tu vida ascendiendo con sudores a una
cumbre difusa, aficionada a los trucos de magia que aplaudimos porque nos gusta
el autoengaño más que a un médico de la SS dar de alta. Por la cuesta rueda el
tiempo que no existe y cae por la sima que no se abre. Un segundo, solo un
segundo solo, sin tildes, equiparando al solitario con los demás, largo porque
es único, no hay más que un segundo, piénsalo durante un segundo: ¿alguien oye
los dolores de su parto o los estertores de su muerte? Un segundo atemporal
como el vuelo de un cerdo o el ronquido de la escarola. Rueda por el cantón,
con la memoria escalonada, el segundo, tu segundo, nuestro segundo que es el
primero y el último, el único donde se funde el queso en el plato, tu vida en
el cantón, tu estómago repitiendo los cantares medievales, todo rueda menos la
rueda que gira durante un segundo. Has perdido el tiempo leyendo esto, has
perdido tu segundo y ahora es tarde, se acabó.
viernes, 21 de abril de 2017
Ya empezamos jodiendo desde la mañana.
No sé cómo se escribe cruasán en
francés. Me lo pregunto cada vez que lo desayuno junto a un moro que mastica
tabaco y propone hacerme una mamada por cuarenta euros. Jodido moro que quiere
embadurnarme la polla con su halitosis de nicotina. Si sigo desayunando en este
garito es para ratificar que la naturaleza humana da asco coma o no cruasanes.
Lo que no entiende la lengua, el estómago lo digiere sin preguntar. En la
calle, el autobús de la asistencia social ha recogido cuatro sillas de ruedas
con personas resignadas a la prolongación del tiempo en relojes estropeados. Me
fumo un puro después del desayuno y le echo el humo en la cara al moro que por
venganza me escupe su bola de saliva y tabaco en chicle. El moro me dice:
cabrón cristiano de los huevos, y le muestro el crucifijo que llevo colgado al
cuello, crucifijo por el cual no me jugaría el cuello. Pero el moro tampoco
tiene intención de inmolarse por aquí ni por alá. Así que estamos igualados en
cuanto a devoción. Nos despreciamos porque somos muy parecidos. Voy a por el
pan sobado, con el que untaré salsas asquerosas por mi manía de emular la
cocina desautorizada. Volveré a casa donde me espera el ordenador con sus avisos,
con mis amiguitos de facebook lanzando desengaños al ciberespacio. Enviaré mis
colaboraciones y eructaré con erección estúpida, convencido de que la edad no
enseña nada reseñable, excepto que te queda menos tiempo para hacer el bobo con
la pretenciosidad de un superhéroe.
jueves, 20 de abril de 2017
El mejor amigo.
La huella que deja mi cuerpo en las
horas muertas, el sofá la reconoce. Él masajea mi espalda y ausculta el vacío
del ano entregado a sus monólogos. Mi sofá me duerme con sus florituras de
tela, recibe mis olores con la mansedumbre de un animal de compañía en quien
vuelcas tus impotencias. Derramo sobre él sobrantes de cerveza y lo someto a
sesiones de sado apagando cigarrillos de tabaco liado. Se amolda a un peso que
no es el suyo y guarda secretos que no importan a nadie. Si pudiera escribir de
mí como yo de él, acabaría con la escasa honra que me queda. El sofá tiene
memoria y me recuerda las verdades que balbuceo en medio de la ebriedad. El
sofá es fiel porque sus patas no sirven para andar, de lo contrario se alejaría
de mí como los demás.
miércoles, 19 de abril de 2017
Señales.
La mano tendida da o pide, bendice o
se aferra, acerca o distancia, acaricia o restriega, prudente o necia,
extrovertida o temerosa, la mano tendida, confusos son los gestos del hombre
confuso con la mano tendida cuyos sueños son gárgolas de pies fríos, con un
nombre al que no responde, barba indigente y cargado con una mochila de
fronteras licuadas, su pesadilla es reiterativa, camina como un dios sobre un
océano de sapos resbaladizos, sabe que su alma es lasciva como así lo atestigua
la carne que la transparenta, a los cobardes les gusta culpar al placer de sus
males, se da un baño de flores en el jardín público y amanece ausente junto al
contenedor amarillo con la mano tendida hacia el plástico.
martes, 18 de abril de 2017
Colisión.
La inocencia desmonta el modelo
ficticio de los adultos. A la inocencia le pellizcamos la mejilla porque no
sabemos hablar con ella. La inocencia no distingue a qué lado de los barrotes
habita la libertad. A la inocencia, sólo emponzoñándola puedes conseguir que
renuncie a sus virtudes teologales. Si logras hacerla sentir culpable puedes
derrotarla, condenarla a una existencia mortecina. Cuando un niño se hace el
muerto es porque recuerda de dónde viene. Un niño miente porque teme a aquello
que los mayores llaman verdad. Un niño es cruel para medir las fuerzas de los
adultos, descubrir los límites que lo rodean y conocer hasta dónde soporta una
víctima sin rebelarse. Los resultados suelen sorprenderle.
sábado, 15 de abril de 2017
Mamífero terio de biblioteca.
El desconocido deja de serlo cuando
se convierte en una imagen fija, en alguien encuadrado en tu cerebro, en una
silueta que tapa el horizonte y no reclama atención especial. Él se sienta
delante con sus libros de derecho, enciclopedias y carpetas de colores sobre
una mesa en la que ocupa al menos el espacio de tres sillas, lee y toma notas,
hace seis años que repite el ritual en la biblioteca pública, cada mañana sin
apenas usuarios a su alrededor, no falla nunca, a ese ritmo debería haber
concluido tres carreras si tal fuera su intención, pero no parece que lo suyo
sea la competición académica, va siempre con la misma ropa, sin excepciones,
limpia y descolorida, atuendo en el que destaca una chaqueta a cuadros
remendada con hilo azul, acarea una destartalada serie de huesos y pellejos
como arquitectura biológica, se gira, sus ojos son afilados y bailones, una
perilla irregular y un pertinaz optimismo brilla en su recorrido facial, coge
del estante un manual sobre cómo construir el futuro partiendo del hecho de que
la justicia es imperfecta en el hombre, la angustia no se resigna a ver escapar
una presa tan fácil, pero él se mantiene feliz en su firmeza erudita sin
propósito aparente, sólo el estudio y la reflexión le interesan, sólo necesita
un cambio de ropaje, un quita y pon para seguir en lo mismo, ahí lo dejo,
reforzando su mente con material reciclado de los libros.
miércoles, 12 de abril de 2017
Nueva generación.
Los cambios acarrean críticas. Criticar
es fácil, construyes tu argumentación sobre los cimientos de otro, sobre la
calidad de sus materiales, y además la crítica no obliga a nada porque se
reviste de mera opinión, y la opinión es libre. Los jóvenes se equivocan,
aseguran los viejos que se equivocaron de jóvenes. Seguimos avanzando porque
los pusilánimes quedan atrás junto a la estufa del inmovilismo. Conozco un
poeta que defiende que la palabra poética debe volver a sus orígenes, a indagar
en las esencias, a respirar “Om” por los poros del místico. Airado congreso de
poetas contra la ira que se duermen en sus propios versos y se proclaman
maestros mientras los discípulos se dan de baja.
Sueño con mi perro muerto, con su
mirada vacía de interacción. Pienso en las células madre y en nosotros, sus hijos.
Recuerdo el fervor de aquella tarde acristalada cuando escribí por primera vez
imaginando el infierno como una bóveda de estrellas engreídas y hablando
lenguas extrañas.
Las palabras no guardan secretos. El
que las escribe, sí. Escribimos para despistar. Damos señas falsas para que el
otro se pierda y no nos moleste con visitas inoportunas. Las fístulas de la
sabiduría se quejan de los inexpertos que quieren apoderarse de las palabras
para usarlas como balas. Los noticiarios hablan de los muertos por poco tiempo,
lanzan la pelota confiando que actuemos de frontones. Los sabios imparten
talleres literarios en jornadas intensivas de buzo y orfebrería pedante, con
los trajes sin salir del armario apolillando las tripas de estas escuelas de la
nada. Los poetas del mañana acomodarán sus posaderas sobre nuestra cara,
aspirarán intestinalmente los humores del pasado, y pondrán la vista en
horizontes que jamás sospechamos, pero que criticaremos por miedo a quedar
desplazados. Ojalá caduquemos pronto y vengan quienes abran nuevos senderos sin
pedir permiso.
martes, 11 de abril de 2017
Limonar.
El esplendor de un fondo de
limoneros no se compadece con su agrio beso. El amarillo es un brochazo
impresionista en el verde de las hojas. Los antagonismos pueden casar o
repelerse. Nadie dibuja un cuadro en el que se vea a una mujer musulmana
acodada en la barra de un bar tomando una cerveza y rodeada de hombres atónitos
al ver su mundo derrumbarse. Una mujer, que acostumbrada al velo, muestre unas
facciones de limón deseoso de ser exprimido. Los hombres reaccionan con
violencia llevados por la escasa flexibilidad mental. Lo nuevo da miedo, y si
procede de alguien que provoca deseos inconfesados, más. Hay muros que no se
tiran con mazas. Alguien tiene que poner la cara para que se la rompan, que le
extraigan las pepitas y se las machaquen con botas de odio. Hacemos daño porque
no tenemos tiempo de escuchar las circunstancias de cada persona con la que nos
cruzamos. La prisa deja cadáveres en nuestras cunetas. La mujer musulmana ha
desaparecido del cuadro, del bar, de la visibilidad. Habrá que esperar a que
Mahoma se relaje y vea más allá de los sexos. A los profetas les queda mucho
por aprender.
viernes, 7 de abril de 2017
Utensilio de cocina.
Un cuchillo encima de la mesa de la
cocina apunta a la tragedia, convoca a la sangre, al ritual del caníbal. Recoge
en su hoja la luz perdida que se cuela por la ventana de cristales sucios y
desestabiliza el fatalismo del anciano, satisface el resentimiento del
humillado y embauca con su brillo la inocencia destronada del niño. Un
cuchillo, él solo, sobre la mesa de la cocina es capaz de perturbar al más
cuerdo, de recordarnos que la ira duerme a nuestro lado después de hacernos el
amor. Un cuchillo es un cuchillo, incluso aunque quieras hacer poesía o seas
carnicero de vocación. Un cuchillo es como las ideas que flotan libres sin
necesidad de ser pensadas. Platón las desenmascaró. Están ahí y quieren
atacarnos. El cuchillo ha nacido para degollar la serenidad de la cocina. Todos
somos conscientes de cómo nos llama a gritos cuando los humores se tuercen.
miércoles, 5 de abril de 2017
Sablista.
El sablista carece de fuente propia
de energía, por eso se rodea de personas a las que succiona y desecha. No tiene
amigos, sólo estaciones de servicio. Nunca nadie te abrazará con tanto
entusiasmo ni te olvidará con tanta facilidad. Este sablista en concreto, ha conseguido
sacarles dinero a morosos y truhanes de acreditada trayectoria sin despeinarse,
vendido a sus más allegados con un gesto campechano, y ha mentido con la
soltura de un político profesional. Sentados a la mesa de un bar renegrido a
punto de cerrar, me rastrea con el cuerpo ladeado, la mirada resabiada, en la
esperanza de sacarme algo y que parezca que me está dando. Nos conocemos desde
la caótica adolescencia, sabe que le aprecio porque forma parte de mi álbum de
fotos, pero que me dejaría cortar un brazo antes de meter la mano en el
bolsillo para prestarle dinero. Aun así, tiene la tentación de hacer un juego
de malabares verbales con el que mantenerse en forma. Miro hacia la puerta del
local bostezando con aparatosidad, seguro de que captará el mensaje. A mí me aburre,
se lo he visto hacer muchas veces: trucos en los que usa la tragicomedia
dialéctica, aspavientos trufados de historias rocambolescas. Por eso se
levanta, me da una palmada y se despide. Se va en busca de alguien menos
trillado antes de que la noche se consuma sin extraerle tajada. Pienso que
acabará pidiéndome una transfusión de sangre para alguna operación futura, algo
a lo que no me pueda negar. El caso es que no me escape sin darle mi parte, la
que él considera por ley que todos debemos entregarle. Sonrío mientras me palpo
las venas. Me dan el último aviso desde la barra. Me acerco a pagar las copas.
El camarero me informa que mi amigo ha cogido un par de sándwiches antes de
irse. - Mi amigo -repito en voz baja-, y pago sin protestar.
martes, 4 de abril de 2017
Lentitud.
Con el tiempo pasamos del tiempo, su
mujer se pinta la cara, se ve guapa, el amor vence las pinturas de guerra, las
raíces amenazan por debajo de las tumbas, suena el teléfono, no le quedan
fuerzas para mentir con la voz, en la pantalla resaltan los mensajes, ya conoce
su contenido, son llamadas de socorro disimuladas que buscan un cabo al que agarrarse,
quizá sea éste su último día y echa un vistazo a la agenda, no encuentra nada
en ella que no pueda esperar a otra vida, quema la obra escrita como un pirómano
del desconocimiento, y sale a la calle a ver barrigas prominentes de rabia
ingerida, a veces diría que le sobra gente a las aceras, egocentrismos de yoyó
con sus dedos en el centro de un mundo que cambia la dirección de su giro, pasa
a su lado una silla de ruedas, su mundo gira a golpe de bíceps.
viernes, 31 de marzo de 2017
Bálsamo.
Huele cuando una puerta se abre,
huele a su sexo convertido en inyección para dormir de amor. Huele a ella en
cada momento que la vida se gira para mirar si la sigo. Su cabello como red
sale de pesca. Ella se da la vuelta, y yo la huelo. Los aromas son embajadores
de los que no están, de los que se fueron, de quienes siempre reinarán en los
espacios comunes, huérfanos de un hombro que
roza y amortigua. Su piel ya no es suya ni es piel, y yo la huelo. Mis
sentidos la tienen registrada en la memoria de sus células moribundas de amor
perdido. Los días grises son para estar tumbados en la cama, abrazados, mirando
por la ventana y respirar hondo. Esnifo su calor, su respiración en mi nuca.
Olor de santa y puta, de madrastra y amiga, de compañera y bruja. En una mujer
caben muchas y no todas se avienen pacíficamente. Huelo a pozo profundo, con su
eco en un idioma extraño. Huelo al dolor de quien ha vivido y el producto
estaba en mal estado. Tu olor no eres tú, lo sé. Tu olor es la prenda que
guardo por si alguna vez tengo que buscarte entre las órbitas de planetas sin fragancia.
Si dios por un instante se detiene en su expansión a ninguna parte, estará
tendido a tu lado. El sabe lo que es bueno.
jueves, 30 de marzo de 2017
Siglo de crisis.
El escéptico sospecha que los
descansos que ofrece la vida son para prepararnos a sufrir más. Sufrir es
sentir y a veces eso compensa. Estamos capacitados para imaginar, prever, vivir
antes de la vida. En ese determinante azaroso de la evolución hemos sobrevivido
porque sabemos de la muerte y jugamos al escondite, porque si es necesario
inventamos dioses, y si se tercia los matamos con la misma facilidad. Nuestro
objetivo es perpetuarnos. Para nosotros nada tiene sentido sin nosotros. Quizá
el universo sólo sea una representación ilusoria de quien lo observa, y por
ello no logramos contactar con ningún ser vivo que nos siga el juego. A veces
dudamos de nuestra consistencia y queremos dar con vida extraterrestre. Por
sentido común y nivel de probabilidad, decimos, como si nosotros fuéramos
fruto del sentido común o de una alta probabilidad. Inventamos en su día la
moral para disfrutar de las sombras que se extienden en el paraíso perdido del
que nos ha tocado ausentarnos. Juzgar las sensaciones, qué gran desvarío. El
místico se deja penetrar desde dentro. Sus derrames son profecías. El placer y
el dolor cocinados como carne y pescado en la misma sartén. Cuando el éxtasis
alcanza a dos amantes, queda el éxtasis y se disuelven los amantes. Sí, sabemos
lo que es bueno, pero tememos su poder. El mundo lo retransmiten los informativos:
sadismo condensado y puesto en escena por una cara agradable. Nos sentimos tan
privilegiados ante el dolor ajeno, que no dejamos de preocuparnos por él. Desde
hace meses nadie llama a la puerta para venderle enciclopedias, ni vida eterna.
Ha puesto un anuncio en el periódico: en estos tiempos de crisis, alquilo
ventana, vistas deprimentes, buena altura, pavimento urbano de calidad,
eficacia asegurada, pago por adelantado.
miércoles, 29 de marzo de 2017
Palabras.
Cagan las palabras en las plazas donde niños infelices juegan a que caiga la noche, en los parques donde ancianos horadan sus tumbas con la impaciencia de los bastones, abastecen las palabras el cuenco de un firmamento sin fondo donde autobuses de rostros esquivos se desplazan por la rutina, sedados, conformes con la fatalidad, se recuestan las palabras sobre la piel en tabernas de clientes fijos que entran sin sed en estos balnearios de calle, cocinan las palabras con delantal dominguero en cualquier sitio donde no se pronuncie su nombre, siempre lejos del claustro de su cuarto de solteras, de su despacho impoluto donde hay tanta biografía que pesa y orgasmos inconfesables a un diario sordomudo, se arriman las palabras en el baile en un obstinado intento de provocar la aparición de la música sin letra.
martes, 28 de marzo de 2017
No dejó una maldita nota.
La mecedora se balancea al borde del
precipicio, el borracho se inclina peligrosamente hacia uno de sus lados para
buscar el paquete de tabaco. Le pesa el dolor del suicidio de alguien a quien
debería haber querido aún más de lo que ya quiso. Ahora vienen de visita los
amigos y pretenden darle consuelo con palabras tan enternecedoras como
nauseabundas. Los recibe con verdadero asco y lame la boca de la botella
vacía. Como sigan hablando con paternalismo acabará partiéndoles sus caras
bovinas. A uno de ellos se le ocurre señalar con tono moralista su notorio
problema con el alcohol.
— Estúpido de mierda, que confundes
el analgésico con la enfermedad. Pero qué os ocurre, por qué no podéis aceptar
el dolor. Tan sólo escuece a rabiar, y necesita su terapia de autodestrucción.
Dejadme en paz. El dolor se amortigua con dolor, hasta que los sentidos no
responden y entonces puedes clavarte un cuchillo candente en el pecho y
rasgarte ochenta tejidos vitales. Qué menos. Excepto los que juegan a
engañarse, a los demás solo nos queda el choque de trenes, la convulsión como
respuesta. Y eso es beber, perder el conocimiento, despertarte entre vómitos y
beber de nuevo antes de que el juicio recobrado empuje a una ducha fría y a
saludar con educación a los vecinos. Culpa y pena, sí, y que a nadie se le
ocurra sacarme de ahí, de mi hogar guillotinado.
Uno de los amigos aconseja que vaya
a dejar flores sobre su lápida inamovible. Un acto, que se supone podría ser
curativo.
— ¿Flores? — Ni se molesta en
contestar. Dando tumbos se aleja de la mecedora en busca de otra botella en el
mueble bar. Hace días que no le importa el contenido ni el color del líquido
que haya dentro de las botellas. Lo único que le interesa es la graduación.
Aquel día de la semana solían
escogerlo para exprimir el amor con sexo. No era algo fijo, pero sí, solía ser
los viernes; ella acababa de dar sus clases de alemán y él venía de trabajar en
esa absurda empresa de empaquetar pilas. Ahora se había quedado sin pilas, sin
interés por seguir fichando en la máquina de empleados que no es más que una
cuenta de esclavos. Los viernes eran propicios porque al día siguiente ninguno
tenía que madrugar demasiado, y se
acurrucaban en el sofá a ver un DVD, con la película aconsejada por el
tunecino encargado del videoclub, un mitómano de los dramas sociales. Pues
justamente eso se encontró al abrir la puerta de casa aquel fatídico viernes,
un drama social con la policía tomando notas y midiendo la altura del balcón a
la calle.
— ¿Flores? — repite a destiempo,
indignado, con voz amenazadora de borracho. Con gesto febril estampa una
botella (asegurándose, eso sí, de que esté vacía) en la primera cabeza que
encuentra. Sangrando como un cerdo en día de matanza, el amigo se atreve a
añadir con paciencia infinita que el primer paso hacia la felicidad es el más
difícil.
— ¿Y quién se conforma con ser
feliz?, contesta él justo antes de dar cuenta del primer, hondo, y prolongado
trago de su nueva botella, a la que toma por la cintura sabiendo que acabará
yaciendo con ella.
Los amigos, conscientes del poder de la
autocompasión, se marcharon, pero no se rindieron. Al día siguiente se les
ocurrió arreglarle una cita a ciegas, por aquello de que un clavo saca otro
clavo. El aceptó. Llegó al lugar del encuentro con una mueca oxidada, se bajó
la cremallera de la bragueta, y orinó en los pies de su cita. Iba con la vejiga a reventar de ron - contestó cuando le exigieron explicaciones.
Al final se hartaron de él y le aconsejaron que se tirara por el balcón, que
emprendiera el viaje que tanto deseaba hacer. Y por primera vez miró a sus
amigos como si al fin hablaran con cierta inteligencia, una inteligencia que ya
les creía devastada por los sentimientos gangosos.
Cuando le dejaron solo hizo caso del
consejo: fue a casa, abrió el balcón, tiró a la calle todas las botellas de
alcohol que había almacenado, y después, se lanzó detrás de ellas, de ella.
¿Flores? Sí, a él sí le llevan
flores, flores que se marchitan, flores que no huelen, flores que se olvidan de
retirar, flores amaestradas. Luego, nada: por capullo.
En cierta ocasión, un tipo con
nombre de plato combinado tailandés, un tal Kierkegaard, aseguran que dijo: El
que sufre debe ayudarse solo. Pero eso, no siempre es posible.
lunes, 27 de marzo de 2017
Evocación otoñal.
Ha pasado cincuenta veces por la
estación de Otoño. Los pasajeros nerviosos van de lado a lado, sujetándose las
gorras ellos y aplacando el vuelo del vestido ellas, o viceversa, que ahora
todo es intercambiable, hasta el sexo de las monjas. Los bancos están amarillos
como los dientes de un fumador. La estanquera sonríe maliciosa. Las ventanillas
son cuchillas en la cara, aire del norte que se cuela por el fondo de una
curva. Los letreros luminosos y la voz de megafonía tropiezan con las ramas
desprendidas. Tartamudean un poco los viajeros, llaman a la compasión si no
fuera por la prisa. La compasión exige un tiempo del que carecemos. Los andenes
están alfombrados de hojas venidas a despedirse. Las vías están oxidadas. Por
aquí los trenes no se detienen: su origen son las tardes inacabables del verano
turista y van con destino a la nieve que clarea en el estómago del invierno.
Los vagones, en su traqueteo de mulas mal ensilladas, escupen a los que están parados en la cuneta de la estación de Otoño. La melancolía de lo que se ve
marchar. Debería subirse, camino de alguna parte, pero sus cincuenta
pasos por esta estación siempre han sido parecidos, sin destino preciso, con el
billete en la mano, comprobando su autenticidad.
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