sábado, 3 de junio de 2017

Un mal día.



            El destello de un grifo de acero inoxidable para quien cree que se ha acabado su tiempo, es una predicción de luz artificial casi perfecta. Me han defraudado los cuerpos, empezando por el mío. Sus dolores son más fiables que los apetitos que lo asaltan. Ella se fue porque no se sentía suficientemente valorada. Para irse, me echó. La deseaba, claro que sí, pero tenía que disimular. Uno tiene su reputación. Ahora me dedico a reivindicar mi no existencia como si fuera la clave que resuelve los misterios del universo. Anhelo la muerte física, la única demostrable, para demostrar que tengo razón. Las contradicciones siguen haciéndome cosquillas. Sí, creo en la química, en el abismo que se cernía sobre sus ojos cuando estaba amando. Supe que si hubiera estado a su mismo nivel, habríamos creado la eternidad, pero me encontraba analizando la situación en vez de vivirla. Es el cáncer de todo escritor, un cáncer maligno cuando eres un mal escritor, como es mi caso (ni Borges ni yo hemos ganado el Nobel. Yo aún estoy a tiempo). Antes de que acabe la escena, antes de que ella diga su frase, me visualizo en la pantalla transcribiendo una vida no vivida. Por eso también, una razón más, se fue echándome. No podemos elegir nuestro decorado último. Ella no traicionó su ideal sobre el amor, aunque fue fiel a costa de los dos. Mi cuerpo la recorre en su memoria centímetro a centímetro, y aún se estremece. El álbum de mis recuerdos es un caos, en él se mezclan silencios cargados de intención con chorros de semen sobre el sofá. Por culpa de mi cinismo también se fue echándome. Bajo a tomar una copa al bar de abajo. Los pequeños vicios son latigazos que sueltas sobre la espalda de tu enemigo. Disfrutas matando poco a poco y escondiendo la mano. Luego llorarás, pero sin saber bien por qué, la costumbre quizá. El asesino profesional evita el contacto sentimental con su víctima. Un hombre se siente en paz tocándose pausadamente los huevos, como si jugara con dos planetas simétricos capaces de generar vida extraterrestre. Por eso ella se fue echándome, por ser un huevón al que le cuesta echar raíces en tiestos de interior. Lleno la bañera, no cierro el grifo y dejo que el agua busque su sitio. Me voy sin darme la vuelta, esperando ver la inundación en los periódicos de la mañana. Huyo, una vez más, a seguir teorizando.


viernes, 2 de junio de 2017

Solos en pareja.



            Remolca los pies como si fueran penitencias de condenado que no cree en el indulto. Se arrastra por un corredor de inciensos y beatos meritorios hacia la sala sin salida donde espera la mujer que a fuerza de amarlo, tanto le asfixia. Pasa de ser un ángel asesor a mayordomo de esclava. Así es su relación desde una tarde que se prolongó entre las sábanas mientras al otro lado de la ciudad moría una madre. Apenas hay charla entre ellos, apenas se esfuerzan por encontrar gestos cómplices. Simplemente, cuando toca, ella se abalanza con la boca entreabierta a la caza de su gusano gruñón de camisa arrugada y sombrero de copa que escoge como guarida el vértice de sus piernas. Se hacen daño con la excusa del amor. Se embadurnan los cuerpos con babas corrosivas. A veces, fornica sobre él mientras sostiene abierto un libro, generalmente de Leopoldo María Panero, donde lee zarpazos hirientes, provocaciones ridículas, discursos inconexos, destrucción en rebajas. Lee al escritor que escribe sin conseguir evitarlo, igual que otros odian con la tristeza de la costumbre. Lee y busca en la locura un perdón. Ella le posee sin absolver, como un animal apaleado. La locura que sirve para esconderse resulta decente. Es una locura que succiona, ordeña orificios. Se despatarran en el sofá y acunan el crepúsculo de barrio, que es ocaso caducado. El se distrae en el nubarrón del tabaco. Ve cómo se escapan por los bordes de su tanga tentáculos rizados y anémicos que ensombrecen los muslos. Ella tiene el pelo revuelto y gotas de salitre en el ombligo. Los objetos que les rodean ocultan un ente sordomudo. Están cerca las cosas y cuesta trascenderse para acceder a ellas de manera simbólica. Pesan demasiado. El se sumerge dentro de una ficción de alcoholes, abotargada la cara, hinchado el estómago, y convertido este cáncer en incurable por falta de compañía en compañía de ella.


jueves, 1 de junio de 2017

Quemazón.



            El juego de los dedos que se demora en un intercambio, que confunde la sangre de las yemas con representantes del corazón. Las terminaciones nerviosas nos liaron y mi boca se abrió a tu paso. La forzaste con una lengua golosa que deseaba superar los límites de mis labios. Te agarré las formas que en tu genética son presentación de merengue. Queríamos traspasarnos a empujones, transplantar los órganos vitales y quemar el deseo en la carne emparrillada del otro. Ese punto donde el arañazo, la uña apuñalada, el mordisco cavando heridas, se convierte en dulzura, en placer de catador de los mejores caldos. Ese punto donde la cordura se trastorna y no es capaz de testificar ante un delito flagrante. Un placer que hace llorar con la beatitud de un responso gregoriano, y que nos arrebata cuando la ropa construye el lecho con sus jirones caídos al sumidero de tus pies desnudos. Un morado de mi nalga se despierta cuando tu mano azota con la disciplina de madrastra. Me rasgas el oído con un penétrame que ya me sabe a intromisión. Se precipitan nuestros movimientos como un vagón de tercera. Será difícil con esta arrebatada violencia hacer encajar las piezas de la coyunda. Me escupes sin querer cuando consigues liberar el regalo que ibas pidiendo, y me haces una tijera con la que cortarme la respiración de las ingles. En el momento del acople, de la luz, del interruptor mágico, se produce la calma, las palabras mimosas, los giros más sofisticados, y el cabello se convierte en cuerda por la que nos vamos descolgando hacia el interior de la celda de este castillo conquistado. Y sé que si no eyaculo pronto, acabaremos por meter la pata en el amor, en el mañana donde empezar de cero con la hormona descargada. Terminaremos por llenar de pinturas de guerra la naturaleza que ejerció su poder en un momento de relajo.


miércoles, 31 de mayo de 2017

El verso trajeado.



            No somos lo que leemos, ni nos respetarán por nuestras lecturas. En un escritor siempre se esconde un asesino que necesita entretener los dedos para no derramar sangre. El verso le mira desde su sofá predilecto. A su verso se le cae el pelo. Canta y aúlla porque se divierte con los desvaríos. Su verso no sabe llorar, gracias a eso evita que la casa se inunde cuando el cuerpo cae roto, desnudo de palabras, alérgico al ritmo, las manos salpicadas de pintura azul, azul, azul sucio y bello, como el vestido de esa mujer que nos habló de amor antes de toser y toser, y escupir fealdad. Deja a su verso escapar después de visitarle en el cementerio de un diccionario escandinavo. No lo llamen, no se volverá, no hará caso, no tiene nombre. Es un verso porque yo lo digo, pero quién lo iba a reconocer con esas pintas de empleado de Goldmand Sachs.


martes, 30 de mayo de 2017

Contingencia.



            Recuerda con claridad que fue a punto de cumplir los treinta cuando cambió las copas nocturnas del sábado por madrugarse los domingos para embaular un desayuno variopinto con sólidos y líquidos que saciaran su apetito para el resto del día, y todo ello aderezado con la lectura de una prensa cada vez más enconada que hasta el día de hoy extiende sobre la mesa como un mapa de operaciones militares. Supone que ésa es la frontera entre la juventud y lo otro que no se atreve a denominar madurez. Esa edad que prorroga con más o menos éxito las obras completas de una vejez donde sujetar la orina ya será una gesta reseñable. Las costumbres cambian porque cuerpo y mente se cansan con aquellos excesos que antes eran el combustible necesario para funcionar. Las costumbres hacen a los hombres sin que éstos se den cuenta. Qué gran poder tienen las rutinas, los ritos, las formas. Cuando la genialidad duerme - y todos sabemos que es dama de largas siestas -, nos quedamos desnudos ante las cámaras y nuestra reacción viene dada por la querencia que hemos trabajado sistemáticamente. Cuánta ternura inspira la pequeñez, lo sencillo, lo emocionalmente directo. Ante lo inmaterial de la gracia, una criatura solo puede hacer presentes materiales. Imagino que alguien nos consideraría, desde una postura altanera que bien podemos reconocer, como entrañables mascotas. 


lunes, 29 de mayo de 2017

Descubrimiento químico.



            Cuando dos bocas se enzarzan por primera vez, aquello que permanecía velado desemboca en el habilidoso acoplamiento reptiliano. Los extraños intuyen que algo les atrae hacia la saliva común, las lenguas ensayan papiroflexias en la cavidad sin fondo, y recién nacidas sensaciones se agolpan rechazando o adoptando al otro para siempre. En el primer beso se marcan las pautas del juego: cuánto durará la relación y quién llevará el peso en los momentos de crisis. El primer beso encumbra o decepciona, nunca deja indiferente. Cuando los labios se separan, los ojos traducen el mensaje con un trazo que secciona la cara. El primer beso es el reconocimiento genético de los cuerpos asombrados ante su proceso hormonal. Tu respiración refrigera su mejilla. Las figuras se acomodan, la piel se trasplanta, los aromas se suman y los adentros son exhumados. El amor puede ser una fórmula química, no lo dudo, pero su formulación siempre es mágica. Inoculados por el nuevo virus, se buscarán para saciar la ansiedad de ocupar más cuerpo que el de uno mismo y mirar con ojos prestados los lugares exóticos del mundo. Por un instante te haces la ilusión de que la soledad queda relegada.


viernes, 26 de mayo de 2017

Movilización.



            Duelen los discursos calientes en la cortedad de la plaza pública, sueltan los globos de colores como memoria de la libertad. Se nota que no saben ocupar la calle. Al final de los discursos abren las compuertas del aplauso, llegan los gritos con el compás roto y los lemas mal ensayados, cojo la mano al líder carismático y lo llevo junto a una señora con las piernas amputadas que cambió el miedo por un poema asimétrico, ella le cuenta su anhelo de correr los mil quinientos metros en las olimpiadas del absurdo, el líder le dice que él sólo ha cometido un pecado: amar profundamente a su pueblo, lo ama tanto que le estorban las personas, así que se quita a la paralítica de encima con palabras aprendidas por la memoria de la libertad como reza la pancarta, dicen que cabemos todos a pesar de los codazos, dicen que cabemos todos y yo digo que depende de dónde quieran meternos, una sola bandera provoca escalofríos, muchas banderas son folclore, alguien sin bandera no es de fiar, las patrias grandes o pequeñas acabarán por devorarnos aunque no seamos adoradores dionisíacos ni el canibalismo nuestro ritual de vida, los gritos golpean el mar de la tarde con puñetazos negros de malecón herido que hace bailar claqué a las embarcaciones a la deriva, hay demasiado ruido en medio de mensajes con higadillo, por lo que dios, una vez más, opta por taparse los oídos.


jueves, 25 de mayo de 2017

La prostituta y el militar.



            El resplandor de la santa rebota en el suelo y se adentra por su campo de Higgs, por su explicación de la vida a golpe de partos y abortos en una sucesión de éxitos y fracasos que vaya usted a saber. Sus caricias son bofetones de aire que ahuyentan las pestañas que tendían a posarse en las condecoraciones del militar empalmado y beodo, tan entregado a su masculinidad que olvida que ella trabaja con las caderas de aceite. El alcohol lo desnuda de alma para arriba, y ella sabe sacarle los colores al niño que se perdió bajo la gorra. Prostituta y militar hacen el amor y la guerra a partes iguales, en una tosca interpretación de garaje, emulando a Afrodita y Ares.


miércoles, 24 de mayo de 2017

Juegos iniciáticos.



            ¿Jugamos a los masajes?, invitó la niña respirando forzadamente por la boca. Sabía ella que era algo inapropiado ese juego en el que buscaba sentir su propio cuerpo. Pero necesitaba las manos flojas e inseguras de ese niño estúpido que no encontraba divertido el masaje. Lo convenció con movimientos que él tildó de extraños. Empezó por las piernas flacas de su amiga que se había tumbado boca abajo en el sofá. No conforme, se subió el vestido hasta la cabeza invitándolo a seguir el manoseo por la espalda. El niño frotaba la piel ahuesada sin ningún entusiasmo, hasta que ella cerró los ojos y se puso a soltar pequeños suspiros. Eso le pareció interesante. Empezó a comprender la relación que había entre el movimiento de sus manos con los retorcidos gestos que se dibujaban en la cara de su compañera de juegos. Dependiendo del lugar de contacto, de la presión que ejercía, y del tiempo que se demoraba, la niña se contorneaba más o menos. También en el culete, acertó a decir ella con un hilo de voz. El niño, obediente, se puso a la tarea y amasó los mofletes traseros lo mejor que supo. Ella movía las caderas y se arqueaba como una pequeña serpiente ante su manipulación. El acabó por ponerse nervioso y le dio un azote con el que dio por terminado el masaje. Ahora me toca a mí, dijo harto de su papel de mandado. La niña, algo decepcionada, se levantó, se arregló la ropa y se fue a buscar a sus amigas mientras le decía que otro día, que ya no le apetecía jugar con él. El niño supo que sus relaciones con las niñas serían siempre conflictivas y decepcionantes.


lunes, 22 de mayo de 2017

Incierto.



            Es un escritor, no sólo un tipo que escribe. Después de matar a su socio con el que compartía un negocio de fontanería en el que no cuadraban los números, pasó por la cárcel haciendo amigos en los talleres de cerámica. Salió con la decisión tomada de que nunca más volvería a escribir novela negra. Ya los personajes le eran demasiado familiares. No podrían colarse en su antigua mentalidad de niño salido del aula  parroquial. Se dedicaría a partir de ahora a la poesía, sí, a la poesía, para que el medio y el fin coincidieran. Se quemó los dedos en la última calada, y el despojo del puro se cayó a los pies de aquel vagabundo que con cuarenta grados a la sombra iba con chaqueta de pana. Los pobres suelen distinguirse porque ellos mismos son su fondo de armario. A su lado, un perro lamía un salivazo del suelo. Ambos miraron a nuestro recién estrenado poeta y a sus cicatrices. La soledad identifica a sus víctimas a distancia. El alcohol, también. El vagabundo hacía honores a una caja de vino barato. Nuestro poeta sin un verso con que aplacar la rayada de su estómago, se imaginaba  bailando los hielos de un vaso ancho. El perro le ladró con cara de perro. El vagabundo tocó un poco amargado la flauta dulce. El se dijo en voz baja y con la lengua quemada: Qué será de nosotros cuando dejemos de pensarnos. Un tiro al fondo de la calle seguido de una sirena le recordó que la novela negra sale en los periódicos. Cuando dejemos de pensarnos... el perro volvió a ladrarle con cara de no haber pensado nunca. Y qué más da lo que ocurra cuando un hombre se adentra en la desmemoria.


viernes, 19 de mayo de 2017

Colapso de Internet.



            Ese cheposo septuagenario con cara de mula adiestrada a sopapos, pasaba las noches en vela urdiendo un plan para colapsar Internet. Había llegado a la conclusión de que era la mejor forma de acabar con el actual mundo, un mundo que voluntariamente dejaba en manos de ese invento de redes el motor de su funcionamiento. El imparable rencor hacia el artefacto comenzó cuando se quedó viudo. Llevaba la contabilidad de las horas desde que su Carmina murió de un derrame cerebral no controlado a tiempo. Desde aquel momento el anciano estaba en la prórroga de sí mismo, y su afán era llevarse a todos por delante, o al menos joderlos lo suficiente para que tuvieran que pensar en algo distinto. Si lograba desactivar ese monstruo de un millón de cabezas que llamaban Internet, haría regresar a la Humanidad al tiempo de los bailables en la plaza, al tiempo de las estrellas visibles desde las ciudades, al tiempo de las cartas de amor. Y si no, al caos absoluto, que tampoco era mala opción. El problema es que él no sabía ni colocarse recto ante un ordenador. Por eso pensó en echar mano de un peón friki dispuesto a ayudarle en su tarea de terrorista informático. No encontró a nadie que le tomara en serio, ni tampoco en broma. Simplemente le ignoraron, que parecía ser lo más compasivo que se podía hacer con aquel abuelo. Lo importante es la intención - pensó -, y seguir un plan a rajatabla. Y así recorría la casa de un extremo a otro mientras el resto de vecinos del bloque dormían. Su mejor ocurrencia, ya febril, fue la de ir con un mazo a destrozar los ordenadores de la caja de ahorros donde cobraba la pensión mínima. Exhausto, con las zapatillas horadadas por los bulliciosos dedos gordos de los pies, cayó sobre el sofá a la espera de un viejo amanecer. Para consolarse de su noche estéril, se dijo que tendría que llamar a uno de sus nietos para consultarle los detalles sobre el funcionamiento de esos artilugios que tenían conexión con otros congéneres. Era necesario conocer al enemigo para atacarle con eficacia. En su vida, siempre se había topado con esa dualidad: muchas ideas y pocos conocimientos para llevarlas a cabo. Pero estaba dispuesto a morir matando, por sus hernias.


jueves, 18 de mayo de 2017

En la Buhardilla.



            Tiene la puerta blindada de óxido, la manilla rota y su universo en contracción evidente. Al otro lado del apuntalado maxilar, la buhardilla adecentada con pasos lentos acaba  en un ventanuco que sonríe a un largo callejón de moribundos sin nombre que la noche aborta como si no fueran suyos, o acaso una consecuencia inesperada de sus actos impropios. Preside el lugar una cama de hierro sollozante, un trono de insomnios con patas cojas, la almohada con durezas irregulares, embozados los pies en escalofríos húmedos. Los ratones se mueven con prisa, pero con la confianza de que nadie los expulsará de ese territorio desnaturalizado. Solo un niño con espíritu de paladín intrépido se columpiará en lo que para él todo es misterio. La soledad es su atracción y su reto. En la buhardilla, aquellos rostros que las formas irregulares insinúan, tienen vida demorada y el cielo parece un cobijo negligente. A esa primera edad el tiempo no significa nada, y las horas son vidas completas. La ficción del hombre adulto habrá de regresar a esos momentos de su biografía si quiere alimentarse de lo que no caduca.


miércoles, 17 de mayo de 2017

Beatífica.



            Querida amiga, dos puntos. Desde que te conozco has calificado de sublime un montón de edificios, paisajes, puestas de sol, personas, escenas de teatro, libros, anuncios, cuadros, espectáculos callejeros de acrobacia... Hasta unas patatas con chorizo en casa Paco te parecieron sublimes. Al principio, me desarmabas gracias a tu melena en libertad condicional y esa sonrisa azul que la genética perfiló certeramente en tu cara. Esos dones, junto a mi dosis de encoñamiento de cuarentón desesperado, fueron suficientes para que cualquier cosa que dijeras pareciera encantadora. Incluso ese jodido mantra adjetivado que te llevaba al éxtasis en medio de un atasco en la carretera de La Coruña, o al escuchar una simple canción de Radio 3 en tu teléfono inteligente. Lo hermoso tiene fecha de caducidad, llega el invierno, estética cruel por su vocación al declive. El tiempo ensancha el cariño y resalta los defectos hasta hacerlos incompatibles con los derechos humanos más básicos. Así que como vuelvas a decir que algo es sublime, me como los mocos a cucharones, escupo hacia dentro y te dejo plantada en medio de cualquier sitio en dirección a cualquier lugar. Con todo el cariño.


lunes, 15 de mayo de 2017

El fracaso.



Los barrios tienen supermercado multiculturales donde el recién llegado porta zapatillas nike y el autóctono esconde su penuria por pudor. La anciana en la cola del cajero lleva la mirada suplicante. En brazos, una botella de aceite de girasol y un paquete de harina. En total, apenas dos euros. Ha tenido que rebuscar entre sus harapos para encontrar hasta el último céntimo. Algunos en la cola mostraban evidentes signos de incomodidad ante la escena. La cajera, muy paciente, cariñosa y profesional, le ha ayudado a dar con la cantidad exacta de su compra. La anciana solo acertaba a decir gracias, gracias, gracias. Una vez recogido el ticket, ha ido a meter el paquete de harina a una bolsa y se le ha escurrido de las temblorosas manos, tapizando el suelo de un blanco nicho premonitorio. La cajera le decía que no se preocupara, que le traían otro paquete de la estantería, que se encargaban ellas de recoger y limpiar, pero la anciana se ha puesto de rodillas para intentar meter lo derramado dentro del paquete. Hemos tenido que levantarla casi a la fuerza mientras repetía: gracias, gracias, gracias.


Estrella del espectáculo.



            Subida a un escenario, con el cuerpo cubriéndome la timidez, es fácil atenazar la emoción de miles de personas predispuestas a las descargas eléctricas, a sentirse vivas, a sentirse. Una melodía, unas palabras bien entonadas, y ellos que se traen hecha la tarea de casa, ponen la sensiblería al servicio de los ojos llorosos que los hacen vulnerables. Así son los conciertos del verano, la gira por las plazas atestadas de gente dispuesta a estremecerse con cualquier melodía que les proponga. El público se abandona con demasiada facilidad. Se nota que van bregando río arriba y sólo desean bajar los brazos y entregarse al delirio merecido. Entre canción y canción la orquesta se explaya en alardes instrumentales. Mientras, me cambio de traje, y observo cómo de un balcón a la izquierda del escenario, cuelgan una docena de sostenes. Descansan del volumen carnal que habitualmente los rellena. Recuerdo que perdí el amor por culpa de una lavadora a la que hacía trabajar demasiado. Mi ex novio, mi ex representante de espectáculos lúdicos en las fiestas patronales, no soportaba tanto trajín de ropa; de la lavadora al tendedero, luego al cesto, luego a la plancha, luego al armario y vuelta a empezar. Es cierto que en invierno, cuando las actuaciones son a puerta cerrada, aún me obsesiono más con la limpieza, con los olores corporales, nunca con el amor. ¡Buenas noches, Astorga!


viernes, 12 de mayo de 2017

Traje nuevo.



            Si supiera cómo se hace, resetearía el disco duro de mi cerebro para salir a la calle con la mirada de un recién nacido embutido en cuerpo de adulto. El mundo es como una de esas heladerías de ahora que ofrecen mil sabores distintos. Estoy harto de pedir siempre el de avellana. El campo de juego es amplio y me he acomodado a jugar sólo por una banda. Así se muere uno, no me extraña. Pero desconozco cómo se cambia sin dejar de ser el mismo. Las formas se han hecho con la identidad sin que ésta proteste. Hace tiempo que no estrello un plato contra una pared. Va siendo hora de la violencia, de despertar al sonámbulo que me habita sin pagar alquiler, con la misma tristeza de una lámpara encendida en plena mañana de verano. Falta luz en la luz. No conozco una casa con la amplitud de ventanas suficiente para captar ese mundo que respira ahí fuera: fogoso, sublime, engrandecido a pesar de nuestra preferencia por las sombras. Fuera persianas, cortinas, marcos y puertas. Fuera, todos fuera. Somos abiertos al exterior o camarote sin respiradero. A elegir. Si supiera cómo.


miércoles, 10 de mayo de 2017

Uno más uno igual a otro.



            Se despierta tu carne bien follada entre las metáforas incomprensibles que corren por la cama que soportó el asedio en el cuerpo a cuerpo. Aún los vecinos están protestando por los cañonazos y los quejidos del amor desangrándose. Ha sido una noche donde nos hemos hecho daño por ver hasta dónde soportaba el placer sin romperse. He tenido que echar mano en la imaginación de mi reserva de mujeres que se quedaron en el camino, para que tú puedas robarles los orgasmos que les pertenecían. Eres la última, el resumen, el zumo más dulce, ése que se bebe a tragos pequeños, diciendo ¡aah! después de cada uno de ellos. Un zumo que rinde, que satisface la necesidad de vitaminas en una noche que aspiraba a ser eterna, como todas. Nos engaña la oscuridad, parece que nunca se irá, que el cuento se ha acabado y a ti te he cogido en el mejor de los abrazos. Beberte mirando al último sol, convierte a un hombre en indestructible. Te beso antes de desvelar tu cara adormilada y gatuna. Con los pies sigues arañando, con tu pelo continúas el engatusamiento y con tu boca pretendes sacarme las humedades. Pero tengo que vivir, tenemos que vivir, por separado, tú una vida y yo otra, creo. No hay una vida para nosotros solos. Aún no la hemos patentado, ni nos dejarían. El mundo es un lugar que no permite rarezas, que no deja que te levantes de la silla sin haberlo perdido todo en su infausta ruleta. Con el amor la vida se retrasa, se hace cuesta arriba como un puerto de categoría especial para un ciclista no dopado. Tu droga sólo sirve para el ensueño. Cuando llegue de nuevo el momento de mirarle el culo, a la hora en que el sol se marcha a quemar girasoles a otro sitio, nos volveremos a reinventar lejos de las ventanas abiertas, inalcanzables a la cobertura de otros ojos, aunque sus oídos no podamos taparlos, o sí: los violamos con nuestras escaramuzas en el frente, con nuestras expresiones de cabo de la legión con la piel llena de metralla. Por delante y por detrás, así es nuestro amor antes de que el ascensor se ponga a bajar gente a la arena.


martes, 9 de mayo de 2017

Esperanza.



            Si no se pierde, a la esperanza hay que matarla, no se puede ser otra cosa de lo que ya eres, reconócelo; lo que buscas lo tienes delante de tus ojos, respira, quítate los adornos que confunden, no corras hacia el paraíso si no sabes quién corre, dios se ha encarnado, se llama como tú, ha copulado con tus diosas, quiere a tus hijos por feos que parezcan, enciérrate en tu habitación y habla con las paredes, no salgas hasta que descifres su lenguaje, y la esperanza haz el favor de dejársela a los suicidas.


viernes, 5 de mayo de 2017

El espejo cóncavo.



            Quizá no seamos tan hipócritas como nuestros actos y omisiones puedan hacer sospechar. Quizá sea que nos engañamos a nosotros mismos por caridad, con un gesto de amparo hacia el prototipo algo defectuoso y que se merece un vigésimo pretexto para ir mejorando sus prestaciones a fuerza de doblarle el espinazo al egocentrismo. La cobardía aumenta según uno se va replegando entre las paredes del búnker que parecen escupir reproches. La crueldad de la que es capaz el cobarde, el malvado ni se la imagina. Intentamos justificar nuestros actos, qué otra opción nos queda para salir indemnes. Si quiero convertir en melodrama lo cotidiano, lo hago y punto. Quién me va a impedir poner un poco de exagerada actuación en esta obra mediocre. Antes histriónico que sencillo. Cuando ganamos una partida invitamos a la siguiente ronda y desplegamos el mejor arsenal de nuestro ingenio con el labio algo levantado. Cuando perdemos una mano, nos masajeamos el alma con sentencias filosóficas y metafísicas. Y es una suerte que aún puedas beber hasta caer inconsciente, hasta que el vómito te despierta de un sueño que tramaba asesinarte con arma blanca. Es una suerte porque llega un día que hasta ese analgésico natural que es la bebida, te sienta como una patada en los fatigados huevos.


miércoles, 3 de mayo de 2017

Plan Renove.



            No me interesa la personalidad, me refiero a la propia. No me gusta rendir culto a mis huesos entumecidos y músculos bajos de forma. Sé que no me la llevaré bajo tierra, que su pictórica estructura llena de matices no es duradera ni fiable. Por eso me conformo con coger de aquí y de allí para ir aliñando el plato de un carácter gris y flexible, pareciendo el mismo a ojos de quien no mira más que la carcasa, el gesto ensayado y los tics familiares. ¿Una hoja al viento? Mejor un junco. Son tantas las reencarnaciones que no me encariño con las peculiaridades de la mente aunque quiera. Media vida llenando de objetos la casa, y la otra media vaciándola para dejarla como estaba. La casa y sus ecos, las paredes. Dicen que en el desierto no hay ecos. Los límites son útiles un determinado tiempo, luego se cambian, por probar nuevas versiones y maneras de decir lo mismo. Es complicado saber cuándo estamos para la chatarra, cuándo ha llegado la hora de aceptar otra oferta, aunque hay pistas: cuando no eres capaz de extraer un jugo nuevo de cada beso, cuando las nostalgias pueden con las expectativas, cuando la ilusión de los otros te hace bostezar, cuando te levantas agotado, con la sensación de haber soñado lo de siempre, cuando te quedas en blanco ante la tragedia, ante la belleza, cuando no suena el teléfono o si suena lo dejas que se apague solo, cuando prefieres la penumbra en las habitaciones que dan al sol, cuando escribes en vez de vivir, cuando le arrancas de cuajo la fe a un testigo de Jehová que se confundió de puerta, cuando el futuro es un bien que no te interesa poseer, cuando el amor no es razón suficiente para mantener el engaño, cuando no te preguntas dónde va el agua del río, cuando en Internet sólo consultas las esquelas, cuando las noticias de hoy ya las habías oído, cuando acudes a las fiestas con un protector de pantalla, cuando un niño se aleja de ti movido por un miedo irracional, cuando una mujer siente lástima ante tu erección a media asta, cuando los viejos te llaman viejo, cuando empiezas a fumar sólo porque en las cajetillas pone que te puede matar.


martes, 2 de mayo de 2017

El espectáculo callejero.



            El espectáculo callejero deposita absurdos en el cotidiano pavimento, escupe música envasada sobre las fachadas de viviendas de protección oficial. Las notas se deslizan como baba de caracol hasta dejar un corrimiento insalubre. Danzantes de lycra, cuerpos torneados ante el espejo de la farsa, un guión acuático con un leñador subido a una farola observando mientras come manzanas. Los niños juegan con sus ropas de mercadillo, los ancianos miran en dirección contraria a donde se produce la trama, pero aplauden entusiastas mientras sea gratis. Los de mediana edad sacan fotos con los móviles y atienden a niños y ancianos con una ojeada. Los ayuntamientos temen que la gente se tire a la calle sin ningún propósito. Ante semejante posibilidad, programan actuaciones que consigan hacer creer en el milagro de la belleza. La música chirría antes de apagarse y deja paso a las ambulancias que dan vueltas en busca de su tesoro de carne y hueso rotos.


jueves, 27 de abril de 2017

La pareja perfecta.



            Por la mañana cada uno de ellos acude a su lugar de trabajo. Allí son considerados empleados competentes sin caer en el vampirismo profesional. Los fines de semana comen en casa de la madre de él. Son amenos en las fiestas, cultivan bonsáis y comparten la pasión por la pintura. Ella le clava espinas de besugo en las uñas. El azota el interior de sus muslos con un matamoscas. Ambos gozan de llevar sus cuerpos a límites no convencionales. En el más allá del sexo se encontraron, se reconocieron, y desde entonces no hay amantes más abnegados en el dolor. Ella muerde sus nalgas hasta el coágulo. El le tira de la melena arrastrándola por el pasillo. Suelen participar en tertulias sobre la nueva poética que se avecina, sin versos ni temas tabú. Descubrieron Canadá en el viaje de novios, y les gusta repetir cada vez que tienen unas semanas libres. Ella le atrapa los testículos con pinzas de madera que acaba de tomar del tendedero. El suele comer espaguetis sobre su bajo vientre. Ella le llama gusano después darle un beso de despedida en el que él ha aprovechado para escupirle dentro de la boca. Tienen pensado adoptar una niña china. Su vida social es hiperactiva y satisfactoria, sus amigos hablan maravillas de ellos, pero ahora están planificando una vida más reposada y familiar. Los años pasan y ellos no quieren tener hijos propios, prefieren solventar la vida a alguien que ya está en el mundo. Les gusta el cine francés, la música étnica, y el senderismo. Ella lo ata a una silla del jardín, luego tirada en el césped ante sus ojos, se masturba con una ortiga. El, ya a media tarde, se mete un bolígrafo bic con caperuza por el ano, mientras ella lo observa y le tira agua helada por encima. El jueves pasado salieron de la ciudad, por darse el gusto de contemplar un atardecer de la primavera recién iniciada fuera del alcance de las luces artificiales. Ponen la equis en la casilla de la Iglesia, votan a la izquierda y ningún año se pierden Eurovisión. La semana que viene tienen apalabrada su presencia en una galería de arte donde un amigo expone su nuevo trabajo inspirado en el paisaje de las alcantarillas, en el submundo de la ciudad. Por la noche se abrazan y duermen casi el mismo sueño. Su afinidad espiritual ha llegado a un punto que los demás envidian hasta la urticaria. Es Nochebuena y están con toda la familia. Se esconden unos momentos en el baño para que él le atrape los pezones con las pinzas de una nécora. Ella le unta el pene con guindillas antes de llamar al perro. Son la pareja perfecta.


miércoles, 26 de abril de 2017

Aleteo.



            No me gustan las mariposas, se dan demasiada importancia con sus colores de Photoshop en erráticos viajes al país de las maravillas. No me gustan porque sospecho que se pasan el carné de vuelo unas a otras para mantenernos hipnotizados en la levedad de la belleza. No me gustan porque no puedo acudir a su entierro. Dónde dejan de mover las alas. Dónde tienen su cementerio las mariposas. Dónde puedo ir a congratularme con su descanso último. Parece que conocen caminos inexplorados entre los arbustos, que se pierden en un limbo de viento. No me extraña que algunos se dediquen a cazarlas y clavarles alfileres. Se merecen esa sañuda lección.


martes, 25 de abril de 2017

Levantamiento de cadáver.



            En las perchas tengo muertos que aún no he descolgado. Pinzados por los hombros permanecen en este entierro vertical acompañando a la ropa que sí uso, que todavía paseo por las calles. Las chaquetas saben quiénes fueron sus dueños y rechinan cuando mi mano las sacude midiendo su utilidad. Debería librarme de esa ropa que solo entiende de espectros. No es fácil, porque las personas impregnamos las cosas de nosotros mismos, que se lo pregunten a los de la policía científica, que te sacan el ADN de un gorro de lana mal doblado, y claro, eso sería como tirar al contenedor a mis difuntos, a mí mismo, a una vida que ya va necesitando de referencias para sujetarse al despertador cada mañana. Un buen incendio es lo que van pidiendo a gritos estos armarios donde ni las polillas se atreven a entrar. El fuego es verso libre, es revolución anarquista. De la primera llama a la última, que es la misma - ya cansada de dibujar lágrimas de oro en el aire -, va un desorden de tenedores iridiscentes que comen tanto carne como pescado, madera como recuerdos. He de dejar solo el esqueleto, la percha colgada del aire inflamado, la esquela profesional dormida entre dos páginas de un libro de árboles frutales. Roñoso es el fruto cuando las palabras están dedicadas a un espacio deshabitado. El espacio, ahí está el problema. En los cajones caben muchas cosas. Qué meteré en ellos después de la evacuación. Esta casa no estaba pensada para una sola persona. De ninguna manera.


lunes, 24 de abril de 2017

La muga.



            La luz de la piedra medieval canta en directo a los siglos venideros. Ahí va tu vida ascendiendo con sudores a una cumbre difusa, aficionada a los trucos de magia que aplaudimos porque nos gusta el autoengaño más que a un médico de la SS dar de alta. Por la cuesta rueda el tiempo que no existe y cae por la sima que no se abre. Un segundo, solo un segundo solo, sin tildes, equiparando al solitario con los demás, largo porque es único, no hay más que un segundo, piénsalo durante un segundo: ¿alguien oye los dolores de su parto o los estertores de su muerte? Un segundo atemporal como el vuelo de un cerdo o el ronquido de la escarola. Rueda por el cantón, con la memoria escalonada, el segundo, tu segundo, nuestro segundo que es el primero y el último, el único donde se funde el queso en el plato, tu vida en el cantón, tu estómago repitiendo los cantares medievales, todo rueda menos la rueda que gira durante un segundo. Has perdido el tiempo leyendo esto, has perdido tu segundo y ahora es tarde, se acabó.


viernes, 21 de abril de 2017

Ya empezamos jodiendo desde la mañana.



            No sé cómo se escribe cruasán en francés. Me lo pregunto cada vez que lo desayuno junto a un moro que mastica tabaco y propone hacerme una mamada por cuarenta euros. Jodido moro que quiere embadurnarme la polla con su halitosis de nicotina. Si sigo desayunando en este garito es para ratificar que la naturaleza humana da asco coma o no cruasanes. Lo que no entiende la lengua, el estómago lo digiere sin preguntar. En la calle, el autobús de la asistencia social ha recogido cuatro sillas de ruedas con personas resignadas a la prolongación del tiempo en relojes estropeados. Me fumo un puro después del desayuno y le echo el humo en la cara al moro que por venganza me escupe su bola de saliva y tabaco en chicle. El moro me dice: cabrón cristiano de los huevos, y le muestro el crucifijo que llevo colgado al cuello, crucifijo por el cual no me jugaría el cuello. Pero el moro tampoco tiene intención de inmolarse por aquí ni por alá. Así que estamos igualados en cuanto a devoción. Nos despreciamos porque somos muy parecidos. Voy a por el pan sobado, con el que untaré salsas asquerosas por mi manía de emular la cocina desautorizada. Volveré a casa donde me espera el ordenador con sus avisos, con mis amiguitos de facebook lanzando desengaños al ciberespacio. Enviaré mis colaboraciones y eructaré con erección estúpida, convencido de que la edad no enseña nada reseñable, excepto que te queda menos tiempo para hacer el bobo con la pretenciosidad de un superhéroe. 


jueves, 20 de abril de 2017

El mejor amigo.



            La huella que deja mi cuerpo en las horas muertas, el sofá la reconoce. Él masajea mi espalda y ausculta el vacío del ano entregado a sus monólogos. Mi sofá me duerme con sus florituras de tela, recibe mis olores con la mansedumbre de un animal de compañía en quien vuelcas tus impotencias. Derramo sobre él sobrantes de cerveza y lo someto a sesiones de sado apagando cigarrillos de tabaco liado. Se amolda a un peso que no es el suyo y guarda secretos que no importan a nadie. Si pudiera escribir de mí como yo de él, acabaría con la escasa honra que me queda. El sofá tiene memoria y me recuerda las verdades que balbuceo en medio de la ebriedad. El sofá es fiel porque sus patas no sirven para andar, de lo contrario se alejaría de mí como los demás.


miércoles, 19 de abril de 2017

Señales.



            La mano tendida da o pide, bendice o se aferra, acerca o distancia, acaricia o restriega, prudente o necia, extrovertida o temerosa, la mano tendida, confusos son los gestos del hombre confuso con la mano tendida cuyos sueños son gárgolas de pies fríos, con un nombre al que no responde, barba indigente y cargado con una mochila de fronteras licuadas, su pesadilla es reiterativa, camina como un dios sobre un océano de sapos resbaladizos, sabe que su alma es lasciva como así lo atestigua la carne que la transparenta, a los cobardes les gusta culpar al placer de sus males, se da un baño de flores en el jardín público y amanece ausente junto al contenedor amarillo con la mano tendida hacia el plástico.


martes, 18 de abril de 2017

Colisión.



            La inocencia desmonta el modelo ficticio de los adultos. A la inocencia le pellizcamos la mejilla porque no sabemos hablar con ella. La inocencia no distingue a qué lado de los barrotes habita la libertad. A la inocencia, sólo emponzoñándola puedes conseguir que renuncie a sus virtudes teologales. Si logras hacerla sentir culpable puedes derrotarla, condenarla a una existencia mortecina. Cuando un niño se hace el muerto es porque recuerda de dónde viene. Un niño miente porque teme a aquello que los mayores llaman verdad. Un niño es cruel para medir las fuerzas de los adultos, descubrir los límites que lo rodean y conocer hasta dónde soporta una víctima sin rebelarse. Los resultados suelen sorprenderle.



sábado, 15 de abril de 2017

Mamífero terio de biblioteca.



            El desconocido deja de serlo cuando se convierte en una imagen fija, en alguien encuadrado en tu cerebro, en una silueta que tapa el horizonte y no reclama atención especial. Él se sienta delante con sus libros de derecho, enciclopedias y carpetas de colores sobre una mesa en la que ocupa al menos el espacio de tres sillas, lee y toma notas, hace seis años que repite el ritual en la biblioteca pública, cada mañana sin apenas usuarios a su alrededor, no falla nunca, a ese ritmo debería haber concluido tres carreras si tal fuera su intención, pero no parece que lo suyo sea la competición académica, va siempre con la misma ropa, sin excepciones, limpia y descolorida, atuendo en el que destaca una chaqueta a cuadros remendada con hilo azul, acarea una destartalada serie de huesos y pellejos como arquitectura biológica, se gira, sus ojos son afilados y bailones, una perilla irregular y un pertinaz optimismo brilla en su recorrido facial, coge del estante un manual sobre cómo construir el futuro partiendo del hecho de que la justicia es imperfecta en el hombre, la angustia no se resigna a ver escapar una presa tan fácil, pero él se mantiene feliz en su firmeza erudita sin propósito aparente, sólo el estudio y la reflexión le interesan, sólo necesita un cambio de ropaje, un quita y pon para seguir en lo mismo, ahí lo dejo, reforzando su mente con material reciclado de los libros.



miércoles, 12 de abril de 2017

Nueva generación.



            Los cambios acarrean críticas. Criticar es fácil, construyes tu argumentación sobre los cimientos de otro, sobre la calidad de sus materiales, y además la crítica no obliga a nada porque se reviste de mera opinión, y la opinión es libre. Los jóvenes se equivocan, aseguran los viejos que se equivocaron de jóvenes. Seguimos avanzando porque los pusilánimes quedan atrás junto a la estufa del inmovilismo. Conozco un poeta que defiende que la palabra poética debe volver a sus orígenes, a indagar en las esencias, a respirar “Om” por los poros del místico. Airado congreso de poetas contra la ira que se duermen en sus propios versos y se proclaman maestros mientras los discípulos se dan de baja.

            Sueño con mi perro muerto, con su mirada vacía de interacción. Pienso en las células madre y en nosotros, sus hijos. Recuerdo el fervor de aquella tarde acristalada cuando escribí por primera vez imaginando el infierno como una bóveda de estrellas engreídas y hablando lenguas extrañas.


            Las palabras no guardan secretos. El que las escribe, sí. Escribimos para despistar. Damos señas falsas para que el otro se pierda y no nos moleste con visitas inoportunas. Las fístulas de la sabiduría se quejan de los inexpertos que quieren apoderarse de las palabras para usarlas como balas. Los noticiarios hablan de los muertos por poco tiempo, lanzan la pelota confiando que actuemos de frontones. Los sabios imparten talleres literarios en jornadas intensivas de buzo y orfebrería pedante, con los trajes sin salir del armario apolillando las tripas de estas escuelas de la nada. Los poetas del mañana acomodarán sus posaderas sobre nuestra cara, aspirarán intestinalmente los humores del pasado, y pondrán la vista en horizontes que jamás sospechamos, pero que criticaremos por miedo a quedar desplazados. Ojalá caduquemos pronto y vengan quienes abran nuevos senderos sin pedir permiso.


martes, 11 de abril de 2017

Limonar.



            El esplendor de un fondo de limoneros no se compadece con su agrio beso. El amarillo es un brochazo impresionista en el verde de las hojas. Los antagonismos pueden casar o repelerse. Nadie dibuja un cuadro en el que se vea a una mujer musulmana acodada en la barra de un bar tomando una cerveza y rodeada de hombres atónitos al ver su mundo derrumbarse. Una mujer, que acostumbrada al velo, muestre unas facciones de limón deseoso de ser exprimido. Los hombres reaccionan con violencia llevados por la escasa flexibilidad mental. Lo nuevo da miedo, y si procede de alguien que provoca deseos inconfesados, más. Hay muros que no se tiran con mazas. Alguien tiene que poner la cara para que se la rompan, que le extraigan las pepitas y se las machaquen con botas de odio. Hacemos daño porque no tenemos tiempo de escuchar las circunstancias de cada persona con la que nos cruzamos. La prisa deja cadáveres en nuestras cunetas. La mujer musulmana ha desaparecido del cuadro, del bar, de la visibilidad. Habrá que esperar a que Mahoma se relaje y vea más allá de los sexos. A los profetas les queda mucho por aprender.


viernes, 7 de abril de 2017

Utensilio de cocina.



            Un cuchillo encima de la mesa de la cocina apunta a la tragedia, convoca a la sangre, al ritual del caníbal. Recoge en su hoja la luz perdida que se cuela por la ventana de cristales sucios y desestabiliza el fatalismo del anciano, satisface el resentimiento del humillado y embauca con su brillo la inocencia destronada del niño. Un cuchillo, él solo, sobre la mesa de la cocina es capaz de perturbar al más cuerdo, de recordarnos que la ira duerme a nuestro lado después de hacernos el amor. Un cuchillo es un cuchillo, incluso aunque quieras hacer poesía o seas carnicero de vocación. Un cuchillo es como las ideas que flotan libres sin necesidad de ser pensadas. Platón las desenmascaró. Están ahí y quieren atacarnos. El cuchillo ha nacido para degollar la serenidad de la cocina. Todos somos conscientes de cómo nos llama a gritos cuando los humores se tuercen.


miércoles, 5 de abril de 2017

Sablista.



            El sablista carece de fuente propia de energía, por eso se rodea de personas a las que succiona y desecha. No tiene amigos, sólo estaciones de servicio. Nunca nadie te abrazará con tanto entusiasmo ni te olvidará con tanta facilidad. Este sablista en concreto, ha conseguido sacarles dinero a morosos y truhanes de acreditada trayectoria sin despeinarse, vendido a sus más allegados con un gesto campechano, y ha mentido con la soltura de un político profesional. Sentados a la mesa de un bar renegrido a punto de cerrar, me rastrea con el cuerpo ladeado, la mirada resabiada, en la esperanza de sacarme algo y que parezca que me está dando. Nos conocemos desde la caótica adolescencia, sabe que le aprecio porque forma parte de mi álbum de fotos, pero que me dejaría cortar un brazo antes de meter la mano en el bolsillo para prestarle dinero. Aun así, tiene la tentación de hacer un juego de malabares verbales con el que mantenerse en forma. Miro hacia la puerta del local bostezando con aparatosidad, seguro de que captará el mensaje. A mí me aburre, se lo he visto hacer muchas veces: trucos en los que usa la tragicomedia dialéctica, aspavientos trufados de historias rocambolescas. Por eso se levanta, me da una palmada y se despide. Se va en busca de alguien menos trillado antes de que la noche se consuma sin extraerle tajada. Pienso que acabará pidiéndome una transfusión de sangre para alguna operación futura, algo a lo que no me pueda negar. El caso es que no me escape sin darle mi parte, la que él considera por ley que todos debemos entregarle. Sonrío mientras me palpo las venas. Me dan el último aviso desde la barra. Me acerco a pagar las copas. El camarero me informa que mi amigo ha cogido un par de sándwiches antes de irse. - Mi amigo -repito en voz baja-, y pago sin protestar.


martes, 4 de abril de 2017

Lentitud.



            Con el tiempo pasamos del tiempo, su mujer se pinta la cara, se ve guapa, el amor vence las pinturas de guerra, las raíces amenazan por debajo de las tumbas, suena el teléfono, no le quedan fuerzas para mentir con la voz, en la pantalla resaltan los mensajes, ya conoce su contenido, son llamadas de socorro disimuladas que buscan un cabo al que agarrarse, quizá sea éste su último día y echa un vistazo a la agenda, no encuentra nada en ella que no pueda esperar a otra vida, quema la obra escrita como un pirómano del desconocimiento, y sale a la calle a ver barrigas prominentes de rabia ingerida, a veces diría que le sobra gente a las aceras, egocentrismos de yoyó con sus dedos en el centro de un mundo que cambia la dirección de su giro, pasa a su lado una silla de ruedas, su mundo gira a golpe de bíceps.


viernes, 31 de marzo de 2017

Bálsamo.



            Huele cuando una puerta se abre, huele a su sexo convertido en inyección para dormir de amor. Huele a ella en cada momento que la vida se gira para mirar si la sigo. Su cabello como red sale de pesca. Ella se da la vuelta, y yo la huelo. Los aromas son embajadores de los que no están, de los que se fueron, de quienes siempre reinarán en los espacios comunes, huérfanos de un hombro que  roza y amortigua. Su piel ya no es suya ni es piel, y yo la huelo. Mis sentidos la tienen registrada en la memoria de sus células moribundas de amor perdido. Los días grises son para estar tumbados en la cama, abrazados, mirando por la ventana y respirar hondo. Esnifo su calor, su respiración en mi nuca. Olor de santa y puta, de madrastra y amiga, de compañera y bruja. En una mujer caben muchas y no todas se avienen pacíficamente. Huelo a pozo profundo, con su eco en un idioma extraño. Huelo al dolor de quien ha vivido y el producto estaba en mal estado. Tu olor no eres tú, lo sé. Tu olor es la prenda que guardo por si alguna vez tengo que buscarte entre las órbitas de planetas sin fragancia. Si dios por un instante se detiene en su expansión a ninguna parte, estará tendido a tu lado. El sabe lo que es bueno.


jueves, 30 de marzo de 2017

Siglo de crisis.



            El escéptico sospecha que los descansos que ofrece la vida son para prepararnos a sufrir más. Sufrir es sentir y a veces eso compensa. Estamos capacitados para imaginar, prever, vivir antes de la vida. En ese determinante azaroso de la evolución hemos sobrevivido porque sabemos de la muerte y jugamos al escondite, porque si es necesario inventamos dioses, y si se tercia los matamos con la misma facilidad. Nuestro objetivo es perpetuarnos. Para nosotros nada tiene sentido sin nosotros. Quizá el universo sólo sea una representación ilusoria de quien lo observa, y por ello no logramos contactar con ningún ser vivo que nos siga el juego. A veces dudamos de nuestra consistencia y queremos dar con vida extraterrestre. Por sentido común y nivel de probabilidad, decimos, como si nosotros fuéramos fruto del sentido común o de una alta probabilidad. Inventamos en su día la moral para disfrutar de las sombras que se extienden en el paraíso perdido del que nos ha tocado ausentarnos. Juzgar las sensaciones, qué gran desvarío. El místico se deja penetrar desde dentro. Sus derrames son profecías. El placer y el dolor cocinados como carne y pescado en la misma sartén. Cuando el éxtasis alcanza a dos amantes, queda el éxtasis y se disuelven los amantes. Sí, sabemos lo que es bueno, pero tememos su poder. El mundo lo retransmiten los informativos: sadismo condensado y puesto en escena por una cara agradable. Nos sentimos tan privilegiados ante el dolor ajeno, que no dejamos de preocuparnos por él. Desde hace meses nadie llama a la puerta para venderle enciclopedias, ni vida eterna. Ha puesto un anuncio en el periódico: en estos tiempos de crisis, alquilo ventana, vistas deprimentes, buena altura, pavimento urbano de calidad, eficacia asegurada, pago por adelantado.


miércoles, 29 de marzo de 2017

Palabras.



            Cagan las palabras en las plazas donde niños infelices juegan a que caiga la noche, en los parques donde ancianos horadan sus tumbas con la impaciencia de los bastones, abastecen las palabras el cuenco de un firmamento sin fondo donde autobuses de rostros esquivos se desplazan por la rutina, sedados, conformes con la fatalidad, se recuestan las palabras sobre la piel en tabernas de clientes fijos que entran sin sed en estos balnearios de calle, cocinan las palabras con delantal dominguero en cualquier sitio donde no se pronuncie su nombre, siempre lejos del claustro de su cuarto de solteras, de su despacho impoluto donde hay tanta biografía que pesa y orgasmos inconfesables a un diario sordomudo, se arriman las palabras en el baile en un obstinado intento de provocar la aparición de la música sin letra.


martes, 28 de marzo de 2017

No dejó una maldita nota.



            La mecedora se balancea al borde del precipicio, el borracho se inclina peligrosamente hacia uno de sus lados para buscar el paquete de tabaco. Le pesa el dolor del suicidio de alguien a quien debería haber querido aún más de lo que ya quiso. Ahora vienen de visita los amigos y pretenden darle consuelo con palabras tan enternecedoras como nauseabundas. Los recibe con verdadero asco y lame la boca de la botella vacía. Como sigan hablando con paternalismo acabará partiéndoles sus caras bovinas. A uno de ellos se le ocurre señalar con tono moralista su notorio problema con el alcohol.

            — Estúpido de mierda, que confundes el analgésico con la enfermedad. Pero qué os ocurre, por qué no podéis aceptar el dolor. Tan sólo escuece a rabiar, y necesita su terapia de autodestrucción. Dejadme en paz. El dolor se amortigua con dolor, hasta que los sentidos no responden y entonces puedes clavarte un cuchillo candente en el pecho y rasgarte ochenta tejidos vitales. Qué menos. Excepto los que juegan a engañarse, a los demás solo nos queda el choque de trenes, la convulsión como respuesta. Y eso es beber, perder el conocimiento, despertarte entre vómitos y beber de nuevo antes de que el juicio recobrado empuje a una ducha fría y a saludar con educación a los vecinos. Culpa y pena, sí, y que a nadie se le ocurra sacarme de ahí, de mi hogar guillotinado.

            Uno de los amigos aconseja que vaya a dejar flores sobre su lápida inamovible. Un acto, que se supone podría ser curativo.

            — ¿Flores? — Ni se molesta en contestar. Dando tumbos se aleja de la mecedora en busca de otra botella en el mueble bar. Hace días que no le importa el contenido ni el color del líquido que haya dentro de las botellas. Lo único que le interesa es la graduación.

            Aquel día de la semana solían escogerlo para exprimir el amor con sexo. No era algo fijo, pero sí, solía ser los viernes; ella acababa de dar sus clases de alemán y él venía de trabajar en esa absurda empresa de empaquetar pilas. Ahora se había quedado sin pilas, sin interés por seguir fichando en la máquina de empleados que no es más que una cuenta de esclavos. Los viernes eran propicios porque al día siguiente ninguno tenía que madrugar demasiado, y se  acurrucaban en el sofá a ver un DVD, con la película aconsejada por el tunecino encargado del videoclub, un mitómano de los dramas sociales. Pues justamente eso se encontró al abrir la puerta de casa aquel fatídico viernes, un drama social con la policía tomando notas y midiendo la altura del balcón a la calle.

            — ¿Flores? — repite a destiempo, indignado, con voz amenazadora de borracho. Con gesto febril estampa una botella (asegurándose, eso sí, de que esté vacía) en la primera cabeza que encuentra. Sangrando como un cerdo en día de matanza, el amigo se atreve a añadir con paciencia infinita que el primer paso hacia la felicidad es el más difícil.

            — ¿Y quién se conforma con ser feliz?, contesta él justo antes de dar cuenta del primer, hondo, y prolongado trago de su nueva botella, a la que toma por la cintura sabiendo que acabará yaciendo con ella.

             Los amigos, conscientes del poder de la autocompasión, se marcharon, pero no se rindieron. Al día siguiente se les ocurrió arreglarle una cita a ciegas, por aquello de que un clavo saca otro clavo. El aceptó. Llegó al lugar del encuentro con una mueca oxidada, se bajó la cremallera de la bragueta, y orinó en los pies de su cita. Iba con la vejiga a reventar de ron - contestó cuando le exigieron explicaciones. Al final se hartaron de él y le aconsejaron que se tirara por el balcón, que emprendiera el viaje que tanto deseaba hacer. Y por primera vez miró a sus amigos como si al fin hablaran con cierta inteligencia, una inteligencia que ya les creía devastada por los sentimientos gangosos.

            Cuando le dejaron solo hizo caso del consejo: fue a casa, abrió el balcón, tiró a la calle todas las botellas de alcohol que había almacenado, y después, se lanzó detrás de ellas, de ella.

            ¿Flores? Sí, a él sí le llevan flores, flores que se marchitan, flores que no huelen, flores que se olvidan de retirar, flores amaestradas. Luego, nada: por capullo.


        En cierta ocasión, un tipo con nombre de plato combinado tailandés, un tal Kierkegaard, aseguran que dijo: El que sufre debe ayudarse solo. Pero eso, no siempre es posible.


lunes, 27 de marzo de 2017

Evocación otoñal.


            Ha pasado cincuenta veces por la estación de Otoño. Los pasajeros nerviosos van de lado a lado, sujetándose las gorras ellos y aplacando el vuelo del vestido ellas, o viceversa, que ahora todo es intercambiable, hasta el sexo de las monjas. Los bancos están amarillos como los dientes de un fumador. La estanquera sonríe maliciosa. Las ventanillas son cuchillas en la cara, aire del norte que se cuela por el fondo de una curva. Los letreros luminosos y la voz de megafonía tropiezan con las ramas desprendidas. Tartamudean un poco los viajeros, llaman a la compasión si no fuera por la prisa. La compasión exige un tiempo del que carecemos. Los andenes están alfombrados de hojas venidas a despedirse. Las vías están oxidadas. Por aquí los trenes no se detienen: su origen son las tardes inacabables del verano turista y van con destino a la nieve que clarea en el estómago del invierno. Los vagones, en su traqueteo de mulas mal ensilladas, escupen a los que están parados en la cuneta de la estación de Otoño. La melancolía de lo que se ve marchar. Debería subirse, camino de alguna parte, pero sus cincuenta pasos por esta estación siempre han sido parecidos, sin destino preciso, con el billete en la mano, comprobando su autenticidad.